PERROS COMO NOSOTROS

milley

Cuando en un rincón del planeta Miley Cyrus bate su lengua de gatita, en el otro se desata un huracán mediático contra su actuación en la gala de la MTV. La muchacha, perteneciente a ese limbo de celebrities desconocidas por los mayores de 30 años, se ha convertido por obra y gracia del twerking en el último trending topic de nuestras –se ve- aburridas vidas. Rodeada de grandes osos de peluche y enfundada en látex, frotó sus posaderas contra la entrepierna del cantante Robin Thicke, escandalizando al personal. Ríos de bits han corrido y en su mayoría no amables. Desde la crítica antropológica de mi admirada Camille Paglia hasta las poéticas caras de Rihanna o la familia Smith, parece que sus obvias provocaciones han logrado notoriedad pero escasa admiración.

Mi natural compasivo me acerca a las declaraciones de Justin Timberlake, quien declara que, al fin y al cabo, la chica “está creciendo”. Pero lo que en realidad me fascina de este efímero suceso no es tanto el hecho en sí, como la animadversión que ha provocado Cyrus,  un simple reflejo, en mi opinión, de nuestro rechazo hacia nosotros mismos. El bikini de la cantante en las carnes marketinianas de Lady Gaga habría sido considerado un disfraz más y no precisamente reseñable. En las de Madonna, la simple percha de sus músculos hiperdesarrollados. Pero en la piel de la exHannah Montana, lienzo todavía virginal de nuestras expectativas culturales, se vuelve el espejo de lo que esperamos de un icono del pop, es decir un emblema de lo que deseamos. Y de pronto nos damos cuenta de que lo que deseamos no nos gusta.

Cosificación, símbolos manidos, encefalograma tendente a cero, o dicho de otra forma, perreo-perreo. ¿Por qué nos choca verlo en Miley Cyrus y no en las esquinas de nuestra iconografía pop? Ay, amigos, ¿quién no se ha frotado en una discoteca contra unos muslos prietos, como un perro sandunguero? Todos hemos creado a este monstruo de peluche: cuando vemos Gandía Shore, cuando rellenamos nuestros sujetadores, o cuando nos convertimos en la visita 1 millón a algún vídeo de tetas y coches (como preconizó Oriol Puig en este gran corto). Miley se ha nutrido de nuestros anhelos televisivos y no es más que su fruto, altamente inflamable.

Yo sólo digo: aprendamos a amar a Miley o cambiemos definitivamente de canal.

Anuncios