¡PERLA, DIMISIÓN!

DIMITIR. De vez en cuando, hay que dimitir de uno mismo. Dimitirse, así en reflexivo: renunciar a lo que se es. No es que quiera predicar con el ejemplo, y por eso lleve más de un mes sin aparecer por estas páginas. (Esta ausencia, amigos, lectores, merodeadores diversos, se debe más bien a un auto-proceso soberanista, en el que estoy definiendo dónde me pongo las fronteras. O sea, qué hago con mi vida.) Pero no nos desviemos. Yo hablaba de ese arte tan poco común por estos lares, que es la dimisión.

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DEMOCRACIA. Dice mi amigo Sergio que somos una democracia primeriza y que por eso, cometemos estos errores de juventud: esos trajes, esos sobres blancos, esos bolsos de Vuitton que, ¡ay!, no sé ni de dónde salieron ni a dónde se fueron. A medida que vayamos aprendiendo que tener derechos también conlleva tener deberes, iremos lustrando este sistema maltrecho, que es como un niño que coge todos los virus. Los ingleses o los alemanes, que en esto de la democracia lucen más curriculum, ejercen la dimisión sin que les tiemble el pulso. Ya sea porque se sospecha de plagio en una tesis doctoral, o porque se amañó el castigo por una infracción de tráfico, cualquier motivo, por prosaico que sea, es motivo de dimisión si eso pone en duda la integridad del político. (A todo esto, curiosidad: ¿cuántos políticos españoles habrán hecho una tesis doctoral, aunque sea plagiada?)

VIKINGOS. El problema hoy en día es que tenemos tantos –presuntos- candidatos a la renuncia que se nos quedarían las altas esferas casi vacías de golpe. Quizás debamos mirar hacia otras latitudes, para encontrar candidatos para nuestro erario político. Leía yo el otro día un informe de The Economist, en el que los países nórdicos aparecían como el nuevo modelo a seguir. Pequeños pero matones, ingeniosos a la hora de superar sus crisis, no se salvan de algún que otro reto, pero avanzan con buen paso por la senda del capitalismo (que ya se sabe que es la senda que le gusta a The Economist). Al final de las 15 páginas, se preguntaban por la raíz de este éxito vikingo y aducían dos factores clave: la confianza y la autonomía personal. Motivos geográficos, históricos y religiosos, explican estos rasgos. Sin entrar en detalles, lo cierto es que la capacidad de confiar en los demás agiliza la toma de decisiones, cimienta el consenso y contribuye a que cada cual saque lo mejor sí mismo. En cuanto a la autonomía personal, sentirse responsable único de los actos propios es, sin duda, el camino más corto hacia los resultados.

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GARBANZOS. Está claro que confiar en el de al lado, cuando puede ser un “garbanzo negro”, como diría De Guindos -¡qué gracejo!- es complicado. Eso se cura con una buena dosis de transparencia y de cambio en las instituciones. Ya vendrá el estirón, como decía mi madre, mientras aguardábamos la bendición de la esbeltez al albor de mis 15 años. ¿Se nos irá del mismo modo la grasa política cuando hayamos usado las urnas más años y más a conciencia? ¿Asumiremos –asumirán- esa responsabilidad personal, que nos permita confiar más los unos en los otros?

IDEAS. Menos mal que sobran las ideas. Mientras Mariano Rajoy, el ejemplar, publica sus cuentas, para negar la existencia de la contabilidad B (que por supuesto, de existir, figuraría en aquellas), Rubalcaba propone crear una brigada antifraude, contribuyendo a ensortijar más la dudosa eficiencia de nuestras administraciones. En fin, será que es culpa mía y que no sé ver la luz al final del túnel, pero desde luego si esto sigue así, al final tendré que dimitir de mí misma, a falta de que otros dimitan de nosotros.

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