BERGMAN MEETS HARRODS

Hay días en los que no puedo evitar sentirme un poco sueca y melancólica, que es una forma  estilosa de añorar. Se me quita esa cosa intensa de la España negra, que tanto en las películas de Almodóvar, como en los vagones sudorosos del metro, nos impregna con un quejío hondo, y me abandono a ese fatalismo nórdico, tan depurado y austero, que es una auténtica república independiente de las emociones. En esos momentos, me recuerdo a estos maniquíes que tuve ocasión de encontrarme en Estocolmo hace algunas semanas. Sus expresiones son puro concepto y bajo su apariencia de útiles del consumismo, les veo drama y tensión,  escenografía, que es lo que se le pide, al fin y al cabo, a un buen maniquí. Aquí os dejo estas perlas de Bergman meets Harrods, esperando que no os embargue -demasiado- su saudade escandinava.

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