CALAVERAS EN SERRANO

ZARA. Las calaveras son tendencia. Olvidaos, góticos y metaleros, de ser los dueños de este símbolo tenebroso: la calle Serrano ya se ha hecho con él y se encarga de estamparlo en camisetas y bisutería con exquisito afán consumista. Confieso que siempre he sentido cierta debilidad por los estampados portuarios de Ed Hardy y que yo misma luzco a menudo esas piezas que ahora veo clonadas en los escaparates, por lo cual se me hace todavía más penosa, esta profusión cadavérica. Qué tragedia del gusto, verse repetido, por obra y gracia de Zara.

VAQUERIZO. Que las modas regurgitan los símbolos de rebeldía y se las ofrecen en bandeja a los consumidores, que se sienten así más libres y más guapos, es algo común, por lo menos desde mediados de los 60. (El libro “La conquista de lo cool”, que os recomiendo vivamente, es un análisis delicioso de este proceso.) ¿Pero, por qué nos abandonamos precisamente ahora a esta efusión de calaveras? Pequeñas, grandes, naïfs, extremas, coloristas…, se repiten en nuestros escaparates con aparente inocencia. ¿Por qué las abanderadas del pijerío abrazan su iconografía con fervor? Antes de entrar en el meollo, me detendré un segundo en otro distinguido esqueleto: Mario Vaquerizo.

MAJARADAS. Hace un par de días, en la madrileña Feria del Libro, tuve ocasión de ver las hordas de fans que esperaban la firma de “Haciendo majaradas” por parte de su autor. Él, algo atabalado, y metiendo pómulo hasta la implosión, se afanaba en repartir firmas y besos sin perder la compostura. De nuevo, docenas de señoras hacían piña, luciendo laca y mocasín, a pie de caseta. Incluso en la Milla de Oro, Vaquerizo fascina y repele a partes iguales; evoca teorías de la conspiración sobre una inteligencia –la suya-, no sabemos si superior o inferior, pero indudablemente eficaz en lo que a éxito contemporáneo se refiere. ¿No es acaso un aspirante a cadáver exquisito, enfundado en sus pitillos negros? ¿No es su look de sexo-drogas-rock&roll, sumado a una anorexia combatida a base de cervezas, una pulsión de muerte clásica? ¿No hay en su rechazo a la inteligencia un canto al néant más sartriano?


SERRANO. Cuando las señoras de Serrano idolatran a Vaquerizo, en el fondo ansían la muerte: de la responsabilidad, del sentido común, del orden y el concierto. Veneran una no-vida mejor, más vacía y sencilla, donde podamos bebernos todo y fumarnos todo sin pensar en el mañana. Y cuidado: señoras de Serrano somos todos. No siempre y no totalmente, pero sí en ocasiones, cuando somos débiles frente a la tentación de la inercia.

BANKIA. Cercanos como estamos, a la muerte del sistema tal y como lo conocíamos –un sistema donde los bancos españoles figuraban entre los más respetados del mundo, donde nuestro sistema sanitario curaba las heridas sin mirar el pasaporte, donde enladrillábamos un cielo de los más prometedor-, parece razonable plantarnos el logo de la muerte en nuestras camisetas favoritas. Cuando premian a un exconsejero de Bankia con una indemnización de 14 millones de euros, ¿qué nos queda? Entregarnos a la parca y a sus sirenas del pop, sin duda alguna. Además ahora, también podremos hacerlo los domingos. ¡Aleluya!

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