MANIQUÍES CELTIBÉRICOS

A veces, la vida nos regala momentos como estos: el descubrimiento del nuevo chándal olímpico de España y las magníficas perchas que lo lucen. Un sinfín de detalles hacen de esta imagen un delicioso caso de semiótica del mal gusto. El camp elevado a la categoría de arte. Desde ese rostro de payaso que se dibuja en la pechera del maniquí central, inadvertido hasta que te fijas con la suficiente  atención (seguro que oculta algún efecto subliminal y demoledor para la confianza del contrario), hasta esa zapatilla aislada, desparejada, a los pies de los maniquíes macho. La “fémina” (sic) va descalza, como damisela púber, respetando la jerarquía machista comme-il-faut.

Lo flagrante no es tanto que sea una empresa rusa quien haya hecho este diseño, si no la duda de si esa será la imagen que proyectamos en Rusia, y por ende, en otras latitudes del globo. Hay que reconocer que como pieza del Museo Celtibérico son una joya de excepción y que esos maniquíes salidos del Sepu son, a los modelos aerodinámicos de Stella McCartney o a los muchachotes fornidos de Ralph Lauren, lo mismo que Alfredo Landa fue en su día a Robert Redford. Un derroche de grasa y no de músculo. ¿Ay, amigos, pero no es la grasa, acaso, lo que le da su sabor al jamón?

Aunque se nos olvida que la auténtica clave de este desvarío kitsch está sin duda en esos maniquíes clásicos, paradigmáticos, ochenteros, que desde hoy se convierten en pieza insigne de nuestra galería de vivants. Y es que no hace tanto, seres como ellos poblaban nuestros escaparates y nuestras ambiciones, reflejando lo que queríamos llegar a ser. Ahora que lo hemos conseguidos, parece que no es lo que esperábamos.

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