LA RELIGIÓN DE LA JUVENTUD

PENITENCIA. Hace semanas –siglos ya-, dije que haría mi aportación al fenómeno Loewe y no seré yo quien deje a la marca sin el prometido GRP. Como acto de penitencia por haber hecho promesas improbables, hago mi particular procesión de Semana Santa, revisando todos los vídeos de los jóvenes cachorros del pijerío patrio. Sin preámbulos, yo confieso: la campaña me gusta y la he defendido a capa y espada siempre que se ha terciado.

IGLESIA. Ahora que ya he escupido mi culpa, me siento más liviana. Es lo bueno que tiene el catolicismo, que por dos Aves Marías y tres Padres Nuestros, te perdona los pecados. (Por no hablar del empleo fijo para toda la vida, que hoy en día todo son ventajas cuando topas con la Iglesia.) Pero no veníamos a hablar de religión –o quizás sí-, si no de fashionismo y de por qué tú y yo no somos target de Loewe. Y es que la ligereza con la que se balancea ese bolso, en las esbeltas muñecas de nuestros protagonistas, no es de este mundo. Es, concretamente, del mundo del lujo, que es un sitio elitista por naturaleza, ajeno al gusto masificado, que lo mismo compra estilo en Zara, que felicidad en Ikea. Loewe no quiere gustarte; se dirige a los futuros Marios Vaquerizos o Cármenes Lomanas de la juventud adinerada. Sedientos de atención, la fama les exige originalidad, ruptura, pedagogía a la hora de explicar por qué son distintos a los demás. Lorena Prain o Carlos Sáez trazan esa frontera, ridícula a menudo, ficticia siempre, entre lo corriente y lo especial.

MANTRA. El vídeo de Loewe Oro Collection retrata a lo que podríamos llamar nuestros it-girls & boys. Concepto muy arraigado en la cultura anglosajona, las revistas locales lo machacan como el mantra que augura el éxito editorial. Lo que en “Sexo en Nueva York” es glamour, en la madrileña plaza de Colón se vuelve tontería. Lo que en otras pantallas parece divino, en las nuestras se vuelve mortal y corrupto. Siempre he pensado que es mucho más difícil decir “te quiero”en tu propio idioma que en otro, por aquello de que en otra lengua no sabemos cómo suena la sinceridad. Con el glamour ocurre algo parecido: ser auténtico, único e inalcanzable, resulta mucho más difícil en tu propio idioma, en tus mismas calles, que en las páginas ajenas por donde pululan seres con nombres vacíos (por lo menos, para quien esto escribe) como Blake Lively o Kim Kardashian.

PARAÍSO. Por todo esto, en mi opinión, Loewe se lía la manta a la cabeza, contrata al émulo de Terry Richardson y a ritmo de Khachaturian, decide reírse de sí mismo, plantándole cara a la agonía del mercado. En 3 minutos que deberían estudiarse en las escuelas de montaje, Luis Venegas concentra el colmo del absurdo, cortando y pegando declaraciones de jóvenes, que filmados individualmente, son -¡qué aburrimiento!- bastante más sensatos. Tres temas orbitan en sus imágenes frenéticas: España, el amor y la herencia, tres formas de decir de dónde venimos y a dónde vamos. A un lugar lisérgico, efímero, esbelto, a un lugar donde todos somos bellos y no importa el mañana. El lujo, a fin de cuentas, el paraíso, en estos tiempos sombríos.

RELIGIÓN. Han abierto un Mercadona en la milla de oro madrileña, a pocos metros de donde Martín Rivas luce mandíbula y cazadora, junto a sus compañeros de tropelía fashion. Si Mahoma no va a la montaña, las pijas vienen al Mercadona. Mientras los cachorros de Loewe nos recuerdan que no quieren gustarnos, sus madres acuden en masa a la democratización del consumo. Quizás ellos piensan que sí pueden escapar a la realidad, lo cual, de hecho, siempre ha sido la religión de la juventud. Y ahora que lo pienso, también la del lujo.

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