LA COLETA DE KARL

Karl Lagerfeld se corta el apellido para entrar en el mundo del masstige, lanzando la marca Karl. El “masstige” no es un tipo de masaje con final feliz -o quizás sí, de alguna forma-, si no una palabra híbrida, que mezcla “masa” y “prestigio”, para hablarnos del lujo que podemos permitirnos tú y yo. Ese lujo mestizo, a caballo entre la alta costura y el bajo centro comercial, nos hará sentirnos glamourosos, especiales y muy inteligentes, al pagar 200 € por una camisa blanca.

Los primeros modelos de la colección de Karl me resultan muy Zara vintage. Cubriendo los cánones de la petite robe noire y el smoking (pulcro legado de Santa Coco y San Yves), los conjuntos encajan en cualquier fondo de armario. Con exquisita coherencia, la modelo Saskia de Brauw luce inerte, al más puro estilo de esos maniquíes que tanto me gustan, como ahorrando en poses para abaratar el precio del producto.

En un ejercicio que suelo hacer para contener mi derroche, y que augura, trágicamente, mi transformación en señora-que, suelo preguntarme si estaría dispuesta a pagar 200 € por ciertos objetos, si no vinieran sellados por ciertos logos. Sobra decir que me cuesta darle el aprobado a la colección de Karl. Si bien es cierto que la magia de esa petite robe noire no está en su corte o su tejido, si no en la etiqueta que le cuelga del cuello, no lo es menos que el lujo, por muy cercano que sea, necesita de señales externas que lo identifiquen como tal. Sin exceso, no hay paraíso y si no que se lo pregunten a Paris Hilton, que este mismo mes, declara en Vanity Fair, que lo contrario del lujo no es la pobreza, si no la vulgaridad, es decir la repetición, la eliminación de la diferencia.

Si Karl se corta la coleta, sumergiéndonos en un elitismo masivo que le sanee las cuentas, ¿cómo sabremos a qué debemos aspirar? Acabaremos confundiendo Zaras con Lagerfelds y se nos romperá el sistema de valores.

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