LA PIRÁMIDE DE PREYSLER

DORIAN. Cada Navidad, los anuncios de Ferrero Rocher nos transportan a un universo paralelo, que ocurre en un espacio adyacente a la realidad, como el negativo fotográfico de tu vida y la mía. En él, el buen gusto se traduce en purpurina de oro, melenas al viento y uñas con manicura francesa cogiendo bombones. Desde que en los años 80, la pirámide dorada emergiera de las entrañas de una limusina, para colmar los deseos de una señora con pamela, la empresa Ferrero nos ameniza cada navidad con una ejecución nueva y siempre idéntica en su esencia, como un Dorian Grey de la publicidad que permanece incorrupto, mientras nosotros envejecemos.

DIOS. Esa pirámide me recuerda al símbolo que hay en los dólares norteamericanos y que, bajo el lema “Annuit coeptis” y el ojo de la divina providencia, sella la moneda del imperio. Con una (escasa) modestia, típicamente yanki, la traducción literal significa “justificó las cosas que inició”, lo cual se suele interpretar como “Él (Dios) ha favorecido nuestras acciones”.  Creo que puedo ver el ojo achinado de Isabel Preysler, coronando la punta de la pirámide Ferrero.

SUPER. Y es que la señora de Boyer elevó a su máxima expresión el espíritu del buen gusto, grabando sus clavículas en nuestra retina, allá por los albores del siglo. Siempre acompañada por la sombra de su mayordomo, me recuerda a una dark mistress enfundada en la piel de una supersocialite, que sería algo así como una superheroína del papel couché. Sin más bagaje que unos matrimonios ostentosos y una leyenda urbana que mezclaba helicópteros y cópulas, Isabel se erigía en la reina del glamour, enseñándonos las reglas de la hospitalidad.

CELEBRITY. El que otras aspirantes a este trono hayan seguido su estela publicitaria no deja de demostrar el atractivo de la Celebrity, como ente categórico. Paloma Cuevas y Judit Mascó siguieron así la senda preyslerina, respetando su espíritu pero permitiéndose alguna licencia: el pareo andaluz y lerele de la primera, o el pantalón masculino aunque elegantísimo de la segunda. Tanto Cuevas como Mascó son modelos, emprendedoras y madres; es decir, mujeres estupendas que merecen que se les grabe la T de Telva en el lomo. Aunque están bien encaminadas, sólo alcanzarán a la Preysler el día en que cobren por no hacer nada, el súmmum del éxito moderno.

PREYSLER. A veces pienso que tanto leer el Vanity Fair me está nublando el entendimiento. Los supersocialites invaden mi cerebro y como si ellos fueran la norma, su dolce-far-niente sigue latente mientras tecleo durante más de 8 horas diarias al ordenador (y no precisamente para escribir la novela de siglo –o quizás sí, de alguna forma-). Cuando llego a la sección que lo cierra, esa galería de fiestas y parties y frivolidades, que hacen del mundo un sitio un poco más brillante y un poco más vacío, me pregunto: ¿qué he hecho mal? Cuando Ferrero Rocher inaugura la navidad, con sus geishas llenas de clavículas y sus bombones afilados, como darditos publicitarios, Isabel nos guiña su ojo achinado desde lo alto de la pirámide. ¡Bravo, Ambrosio!

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