NADA PERSONAL

A pesar de lo que diga Julio Wallovits, las personas sí son marcas o quieren serlo –por lo menos algunas-. Para muestra, un botón: el movimiento Occupy Wall Street ha solicitado a la oficina de patentes norteamericana su registro como idem. Con el fin de utilizar su sello de forma exclusiva en camisetas, bolsos y otros productos de merchandising, ha pedido su protección como cualquier hijo de vecino imperialista. Sin embargo, antes de que los neoyorquinos cursaran su solicitud, Fer-Eng Investments había hecho lo propio, de modo que podría darse el caso de que una empresa ajena al movimiento se lucrara con su esencia.

Dispuestos a convertir el puño en alto de Wall Street en el sucesor del daguerrotipo del Che, la empresa de Arizona puja así por el símbolo de la revolución. No carece de ironía el hecho de que tanto los unos como los otros –sobre todo los unos, ya que a los otros se les supone- quieran pasar por el aro de la marca, divisa imprescindible para deambular por la economía moderna.

Pero rasquemos un poco más, porque detrás de las marcas, como en todo, hay personas. Según 20 Minutos, el movimiento Ocuppy Wall Street se encarnó en una pareja, Robert y Diane Maresca, a la hora de ir a la oficina de patentes. Ellos niegan que quieran sacarle provecho y se justifican aludiendo a que otro neoyorquino ya se adjudicó la propiedad intelectual de la frase “Somos el 99%”.  Otro indignado, Ray Agrizone, ha lanzado la tienda online The Occupy Store, para, supuestamente, dar voz al movimiento. “Entreprotester”, se autodenomina. ¿Luchando contra el mercantilismo con sus mismas armas? ¿O haciéndolo a su favor? Una cosa me queda clara: los neoyorquinos, incluso los indignados, llevan el espíritu emprendedor en su naturaleza, como el alacrán del cuento.

Pero volvamos a Wallovits y a su artículo en Yorokubu, revista cuyo consumo debería ser obligatorio en todos los hogares. En él, habla, no tanto de que las personas no deban ser marcas, como que de las marcas deban ser personas. Los ejemplos de esta creencia abundan: desde directivos que twittean en primera persona cada mañana, hasta empleados hablando en nombre de su empresa en las páginas de Facebook. ¿Por qué esta necesidad de ver los rostros detrás de las marcas? Puede resultar obvio, pero quizás es tan sencillo como que años atrás, todo era personal, mientras que, ahora, casi nada lo es.

Esta es la herencia del fordismo: cuando el señor Ford nos regaló la posibilidad de disfrutar del sueño americano por un módico precio, nos condenó a hacerlo todos de la misma forma. Réplica eres y en réplica te convertirás. A lo largo de un siglo, el gran consumo fue expandiendo su noción de bienestar, como una plaga beatífica. Todos fuimos volviéndonos iguales, incluso cuando éramos diferentes, comprando un Mac o viajando al otro extremo del mundo. Para bien o para mal (para mal, de hecho), lo somos cada vez menos.

Hartos de la masificación, se nos rompió el amor con las marcas, como escenifica este vídeo clásico del marketing 2.0. Queríamos sentirnos distintos, especiales, únicos y los señores Zuckerberg y Dorsey cumplieron nuestros deseos, regalándonos las redes sociales. El hambre se juntaba con las ganas de comer: por fin los consumidores hablaban de tú a tú con las marcas.

Y en estas disquisiciones estábamos cuando a Robert y Diane se les ocurrió registrar “Occupy Wall Street”, por lo que pudiera pasar. Que hay muchas camisetas en el mundo y andamos cortos de eslóganes. A eso lo llamo yo marketing.

En fin, mientras twitteáis el próximo hashtag de moda, yo me voy a la oficina de patentes a registrar “Perla del Turia”, no vaya a ser que mañana me encuentre un póster con un maniquí rubio y no vea un duro a cambio. Que yo antes que persona, soy marca, acabáramos.

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