PRINCIPIO Y FIN: WALT DISNEY Y “EL RESPLANDOR”

Hoy en “Principio y fin”, revisitamos “El resplandor”, una obra maestra de Stanley Kubrick que tuve la suerte de volver a ver el sábado, por cortesía de Phenomena. Aunque todo, como en el cerdo, es aprovechable en esta película, empezaremos a despiezarlo por el principio, siendo fieles al titular de este post. (Os animo a llegar hasta el final, o a saltaros los próximos párrafos sin que yo lo vea, para que descubráis los maravillosos bonus tracks que he traído. Avisados estáis.)

La película empieza sobrevolando un paisaje aparentemente idílico, mientras suenan los primeros acordes de una melodía ominosa. Como un ave de presa, seguimos, a lomos de la cámara, a un coche minúsculo por la ladera de la montaña, adelantándolo para volver a cazarlo más tarde. Todo son aristas en esta naturaleza abrupta. El trayecto, desde ángulos dispares, se vuelve laberíntico a pesar de su trazado recto, por obra y gracia de un montaje preciso, quirúrgico. La amenaza se intuye incluso en los títulos de crédito que desfilan sin remisión, en chocante azul fosforescente.

Por algún extraño motivo, esta apertura me recuerda a la de las películas de Walt Disney. La vista aérea y los meandros de la carretera o río, según el caso, son curiosamente parecidos. Ignoro si la apertura de Walt Disney es anterior al “Resplandor” –lo dudo-, pero me parece una simpática broma del destino que la felicidad y el terror cinematográficos se hermanen de esta manera. (Ojo al oxímoron, por cierto: me hace tan feliz Kubrick con “El resplandor”, como me aterrorizan algunas películas de Disney.)

Las conexiones con el tío Walt, de hecho, no acaban ahí, ya que en la escena en la que padre e hijo se sinceran en el apartamento, Danny luce un jersey de punto con el célebre ratón, insignia de la factoría: Mickey Mouse. Otro símbolo del exitoso american way-of-life aparece en otro jersey del niño protagonista: Apollo 11, el cohete de la primera misión tripulada en llegar a la luna. Las victorias norteamericanas abrigan el cuerpo indefenso de Danny, sufriendo así el acoso de un temible Jack Torrance. Que tiemble el sueño americano.

Este simbolismo muestra cómo “El resplandor” es, probablemente, un punto de inflexión. Advierto que mi cultura cinematográfica es limitada en este género, pero me aventuro a afirmar que esta película marca un antes y un después. Si la pauta clásica establece que los buenos se salvan y los malvados mueren, “El resplandor”, aun respetando el patrón, empieza a resquebrajar sus cimientos.

El final, y así cerramos el círculo, es un ejemplo claro: una vez subidos al tractor quitanieves, Wendy y Danny desaparecen en la oscuridad para perder protagonismo, cuando dejan de ser víctimas seguras. Jack se aferra a su misión, huyendo por el laberinto, para acabar muriendo congelado. Tras el plano que da fe de su muerte, asistimos, en los últimos minutos, a un auténtico happy-ending fantasmal: por fin Jack ha vuelto a su auténtica familia, pasando a ser uno más de los invitados de honor del Overlook.

Ese plano de un sonriente Jack Torrance, integrado en tan selecto club, es un avance de lo que está por venir: los finales fallidos. Y es que a partir de algún momento de los 90, las películas de terror empezaron a acabar mal. Los protagonistas morían masivamente (“Cube“), perpetuaban la maldición de turno (“The ring“) o se perdían en algún lugar del limbo (“Silent Hill“). Aunque “El resplandor” no acabe mal en el sentido clásico, sí supone una victoria para los habitantes del Overlook que pasan a añadir a un miembro más a su lista de honorables huéspedes.

BONUS TRACK 1:

Lo prometido es deuda, aquí va: si el principio y el final del “Resplandor” son una auténtica delicia, su “durante” no lo es menos. Entre las muchas perlas que esconde, me quedo con la que descubre Rob Ager en su web Collative Learning. Ager desvela en estos vídeos la arquitectura imposible del Overlook, auténtica muestra del fino sadismo de Kubrick. Con el fin de marearnos tanto como a sus desvalidos protagonistas, el director construye un hotel digno de Escher, en el que nada encaja. Os animo a que volváis a ver la película, con estos mapas en mente. Más deliciosa aún si cabe. Enjoy!

BONUS TRACK 2:

Y aquí otra perlita de lo que pudo ser y no fue, que ya enseñamos aquí hace un par de años: “El resplandor”, versión comedia romántica.

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