EL HORROR

HORROR. Si mis fuentes son correctas, el pasado 3 de Octubre finalizó la exposición del vestido de boda de Kate Middleton en el palacio de Buckingham, para fervor de creyentes en la monarquía y el kitsch, y alguna que otra señora con mucho tiempo libre. La reina de Inglaterra, otra señora con mucho tiempo libre y un carácter curtido en mil batallas, declaró ante el maniquí descabezado: “Es horrible“. Envuelta en las sombras del palacio, bajo la luz tenue de los candelabros, la imagino como el Coronel Kurtz enfrentado, en la agonía, a su infierno particular. “¡El horror! ¡El horror!Isabel II, ferviente defensora de los lazos, el color y la coquetería más estampada, se estremece ante la efigie degollada de su nuera. ¿Es que ya nadie está libre del tenebroso espíritu de los tiempos?

ESPÍRITU. El zeitgeistde los británicos no se libra de la indignación y sus encapuchados, también sin rostro como el maniquí de Kate, escupen desde su anonimato, reclamando su derecho a un televisor de plasma. (Esta interpretación jurídica la tomo prestada de una columna de Manuel Vicent, leída hace semanas y que, como el cerdo, no tiene desperdicio.)

AURA. Me gusta mucho, por cierto, el apodo anticuado y entrañable que le hemos puesto a la novia de Gran Bretaña: Catalina. Como en las traducciones de los clásicos que leía mi madre, una muchacha inglesa de clase media se convierte, por obra y gracia del Hola y de la RAE, en una de las nuestras. No teniendo bastante con Letizia, apadrinamos a Kate, engradeciéndola con un nombre rimbombante y voluminoso, ajeno a su escuálida figura. ¿Será que, como La Reina Madre, queremos darle cuerpo a su aura insípido?

SFUMATO. Mientras en Londres el vestido de Kate temblaba levemente ante el suspiro de 350.000 personas, en Mallorca el bikini de Xisca se sumergía entre las aguas del mediterráneo, con idéntica discreción. “Silencio eterno” es la expresión utilizada por Andreu Manresa en un artículo hoy del País para caracterizar a la novia de Rafael Nadal. Como Middleton, María Francisca se oculta tras las gafas de sol y una sonrisa digna de Da Vinci, en busca del sfumato mediático. Detecto una auténtica reverencia popular hacia el segundo plano que ocupan, una beatificación de la mesura, que a mí, personalmente, me aburre sobremanera.

ASESINATO. Este post, que iba a ser una breve reseña sobre uno de esos maniquíes que tanto me gustan, se me ha desbocado, una vez más, como el exabrupto que soltó la reina Isabel II al ver la figura degollada. “Espeluznante“, dijo. Puedo imaginar su parsimonia y su bolsito de asesina de Agatha Christie, removiéndose ante semejante despropósito. A la inversa del emperador del cuento que se creía vestido, cuando en realidad iba desnudo y era vituperado por sus súbditos, el maniquí de Kate parece desnudo, aunque vaya vestido. Si ni siquiera un monarca se cree su propia ficción, ¿qué fe nos queda al común de los mortales?

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