PRINCIPIO Y FIN: ÉRAMOS NOSOTROS

Hoy, en Principio y Fin, revisito, por cortesía de La Sexta 3, dos finales que he visto recientemente y que me han traído de vuelta a los  80 de mi infancia.

El primero me cogió por sorpresa un sábado por la noche hace un par de semanas: “El año que vivimos peligrosamente“. En él, un Mel Gibson enfrentando a los embates del Amor y la Historia, tuerto, sucio y enamorado, cede su grabadora con el reportaje del siglo, a los soldados de Sukarno, para ir a reunirse con Sigourney Weaver a bordo de un avión que lo conducirá a un paraje todavía más inhóspito que aquel del que huye: sus propios sentimientos. Los 20 segundos que transcurren mientras Guy Hamilton recorre la pista de aterrizaje son un auténtico derroche interpretativo y he de reconocer, que aunque me separa algo más que los kilómetros de Mel Gibson, esa mirada, entre el alivio y el miedo, me corta la respiración. Cuando el amor se vuelve épico, me rasgo las vestiduras y en este caso, el final de Peter Weir no podía ser más antológico.

La otra perla, vista anoche mismo, es “Excalibur”. Todo en esta película es majestuoso, heróico, legendario. De su final, me quedo, en este caso, con los 2 segundos que tarda la espada en sumergirse junto a la Dama del Lago. Esa velocidad, cuando uno esperaría una desaparición grandilocuente, es pura magia. Esa prisa por perderse en la leyenda.

Pero yo no venía aquí a hablar de huidas, si no de amor. Y es que ayer pensaba, viendo el revolcón de Ginebra y Lancelot, lo bien que se follaba en los 80. En las películas por lo menos, porque de la vida real, no puedo hablar. Esos cuerpos bien iluminados, fundiéndose en pura intensidad, haciendo un amor superlativo. Todavía estaban lejos los jadeos entrecortados del dogma, el polvo herido del cine europeo, el apretón teenager de la comedia yanki. Lejos de todo eso, Jill Bryant se pasea bajo la lluvia, calándose hasta los huesos, para ir hacia lo inevitable en la oficina de un periodista. Ese deambular sonámbulo es otra perla cinematográfica, que me recuerda a una honorable predecesora en el amour fou, Jeanne Moreau.

En fin, estas reflexiones sobre el sexo en los 80 me sumen en una nostalgia taciturna, y es que no hay nada más nostálgico que lo que no se ha vivido. La clave es no haber estado allí, ese es el salvoconducto para abandonarse a la melancolía. Me temo que no han cambiado las películas, hemos cambiado nosotros.

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