REPLICANTE JUSTIN BIEBER

Después de días con esta bomba gráfica en mi móvil (y en mi conciencia), consigo por fin descargar las fotos del muñeco Justin Bieber . Encontrado un domingo cualquiera en los tenebrosos pasillos de un Opencor -cualquier sitio con luces de neón me resulta tenebroso un domingo-, capta mi atención entre las aspirantes a Barbie, como el maniquí definitivo. Todo en él funciona como icono: sus estrafalarias zapatillas, su flequillo imposible, sus joyitas plásticas. Si históricamente, los muñecos cumplían el rol de modelo para los niños, enseñándoles cómo había que ser, el replicante Justin Bieber lleva al paroxismo las aspiraciones infantiles contemporáneas: ya no basta con ser guapo o estiloso, ahora hay que ser famoso, copiable, manipulable. SER merchandising, en suma.

Estos vivants a la imagen y semejanza de Justin Bieber, repartidos por los miles de Opencores del mundo, son pequeñas reliquias y encarnan nuestro amor por las víctimas del éxito. Plastificado con sus sneakers, me recuerda al insecto atravesado por alfileres, para delicia del entomólogo. Como él, nos regodeamos en su observación, hasta llegar a dudar de si es un monstruo o un milagro de la naturaleza.

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