LOS PÁJAROS

Al fin respiramos tranquilos. La capacidad adictiva de Angry Birds tenía fundamento. La velocidad de interacción, la memoria a corto plazo, sus plátanos intermitentes… No era culpa nuestra; todo estaba diseñado para asegurar la efervescencia de nuestro capricho. Más allá de cuestiones neurológicas, lejanísimas a mi entendimiento, para mí el secreto de Angry Birds radica, simplemente, en destruir. Ese ruido de cristales rompiéndose es música celestial para nuestros oídos bien domesticados. Un estruendito punk. Un estallido de pequeño júbilo infantil. Hay muchas maneras de perder el tiempo, pero filtrar nuestros instintos destructivos a través de unos entrañables pájaros es pura pulsión de muerte. Como decía el omnipresente (¿omnipotente?) Freud, el impulso de volver a un estado inanimado y pre-orgánico no es más que el negativo que revela el ansia imparable de placer.

En fin, ya se sabe que hay pocos juegos inocentes.

Anuncios