LOS ENEMIGOS DEL FRENESÍ

Cae en mis manos un suplemento de El País, compuesto únicamente por publicidad. Subliminal, explícita, sutil, soterrada. En todas sus vertientes, lo suyo es puro consumo –léase con melodía de La Lupe-. Este hallazgo, ya de por sí inspirador, estimula mis neuronas con lúbrica picardía cuando llego a su última página. El título, “Bienestar muy personal”, promete.

Chilly, el especialista en higiene femenina”: con este lema, se abre el camino hacia la redención. Gracias al frescor de sus productos –evocados, en tosca metáfora televisiva, por unos cubitos de hielo-, Chilly borrará todo rastro de suciedad. Su discurso es puro silogismo: estar bien con una misma pasa por sentirse limpia; para sentirse limpia, hay que higienizar las partes íntimas, luego para estar bien, hay que higienizar, etc. Last night, the logic saved my life, y es que cuando una chica es mala, muy mala, ahí sale Chilly al rescate.

La página derrocha perlas. Al referirse a esta secuencia lógica según la cual la limpieza conduce a la autoestima, podemos leer “En el caso de la mujer, alcanzar ese estado de ánimo pasa también por lograr una adecuada higiene de las zonas íntimas del cuerpo”. Hay algo orgásmico en esta frase, algo de los éxtasis místicos de Santa Teresa. “Alcanzar ese estado de ánimo”, como un paraíso al que sólo llegaremos por la expiación. Me gusta también esa mención al caso particular de la mujer, como si la autoestima del hombre no dependiera de la limpieza, más bien al contrario, ajenos ellos, los machos, a la necesidad de pulcritud. Quizás porque siempre se esperó el aseo del hogar, por parte de las madres, la asepsia es claramente terreno abonado –y minado- de los tópicos femeninos.

Para cada tipo de mujer, siempre hay una solución. “Chilly – Frescura natural duradera”: para la mayoría, porque todas, en algún momento de la vida, nos hemos visto atacadas por efluvios inesperados, con aromas pocos (o muy) deseables. “Chilly – Delicado”: para las más sensibles, las damas trémulas, víctimas de su propia biología. Y “Chilly – con antibacteriano”: para “las asiduas al gimnasio y la piscina, (…) lugares donde abundan los gérmenes” (sic), esas perdidas, que un día se pusieron el bikini y ya no volvieron a la senda del señor. Volvemos a ese trinomio próximo a la santísima trinidad femenina: la madre, la santa y la puta.

La labor de Chilly no termina en sus geles desinfectantes, si no que va más allá, y en su propia forma fálica, de tampón, evoca el proyectil desinfectante que acabará con las huellas del deseo, o de la suciedad, que en el fondo, viene a ser lo mismo. La rúbrica de la marca no deja lugar a dudas en su intención aniquiladora: “Un producto dedicado a todas aquellas mujeres que siempre quieren sentirse perfectas”. Una descripción que recuerda al diagnóstico de la anorexia, cuyas víctimas, por cierto, aspiran a la higiene más absoluta, que, como no puede ser de otra manera, acaba en la nada.

Pero huyamos de la nada y volvamos a La Lupe, para revisar este clásico, que es parte fundamental de mi banda sonora soñada: “Puro teatro”. De haberse enfrentado Chilly con el coño de esta señora, apuesto a que hubiera perdido. No en vano, Hemingway la llamó “la creadora del arte del frenesí” y, claro, con el frenesí se suda.

PD: me resulta imposible encontrar la web de Chilly. Ya se sabe que lo que no existe a los ojos de Google, no existe, por lo que empiezo a creer que Chilly es una entelequia, destinada a volcarnos hacia el mea culpa fisiológico. Más miedo me da.

 

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