DE ZOMBIES Y RUNNERS

Cuando el running todavía se llamaba footing, se hacía para mantenerse en forma y lucir el walkman por el Retiro. Eran tiempos en los que Danone nos explicaba que había que tener un cuerpo idem y las supermodelos definían el camino de perfección. Sólo teníamos que estar buenos y aspirar a ligar mucho el sábado por la noche. Pero ahora los tiempos han cambiado y correr ya no va de cuerpos, si no de mentes, lo que, en el fondo, es mucho más agotador.

El fenómeno del running se ha convertido en un trending topic, al que cada vez se suma más gente. Hay dos categorías claramente definidas y de hecho bastante ligadas entre sí. La primera es la del treintañero, a menudo inmerso en una relación estable y padre reciente. Como alma que lleva el diablo, cuando el bebé entra en casa, el padre sale por la puerta enfundado en una camiseta térmica, midiendo sus pulsaciones para verificar que todavía sigue vivo. La huída hacia delante nunca fue tan literal.

La segunda categoría, frecuentemente una derivación de la primera, es la del gurú. No hay gurú que se precie hoy en día que no madrugue los domingos para recorrer alguna sierra del mundo. Afán de superación (auto y de la otra), contacto con la naturaleza, religión del esfuerzo… Aunque traten de convencernos de que son las cervecitas de después lo que les impulsa (y con ello, transmitirnos sociabilidad, ligereza), es otro el líquido sagrado que veneran: el sudor. Sus feromonas dispersadas por el aire están destinadas a conquistar el entorno con su aroma inequívoco. Incluso cuando el runner es ella, emana el mismo perfume.

Pero los runners no son, curiosamente, los únicos que transitan por nuestras rutas mentales. Una horda de corredores, menos estéticos, más hambrientos, está asolando nuestras pantallas (o sea, nuestro entendimiento). Los zombies. Tras el charme de los vampiros, la carne putrefacta del walking-dead disemina nuevos efluvios, más afines a la contemporaneidad, sin duda. Dos rasgos los caracterizan: la crisis y lo colectivo.

La crisis, por ser producto de una mutación repentina, que mina todas sus condiciones: físicas, morales, mentales. Ellos mismos encarnan (descarnan) el concepto a la perfección. Lo colectivo: en tanto que el zombi pierde su humanidad y con ello su identidad, pasa a formar parte de una masa indefinida, cenagosa, donde es la fuerza de la multitud lo que aterroriza. ¿Os suena de algo? Al community manager que ahora está respondiendo a los comentarios virulentos de la muchedumbre, sí. Nos alejamos del vampiro carismático cuya personalidad lo distingue de todos, para abandonarnos a la proliferación corrupta, difusa, anónima, de los zombies. Como diría Bart, nos multiplicamos por cero.

Zombies y runners son pues pura tendencia. Ambos comparten una pasión por la carrera y aspiran a saciar sus apetitos más oscuros. En la huída de sí mismos, impulsados por una voracidad insaciable, en ese anonimato que nos iguala todos en el sufrimiento, hay mucho del pathos actual. La pregunta es si se descubrirá un elixir sanador o si este estado de fuga permanente será ya inmutable.

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