NO ME CHILLES QUE NO TE VEO

SERENIDAD. A raíz del cambio de gobierno, Mª Dolores de Cospedal y Javier Arenas mantienen una animada conversación a las puertas del senado. Mueven los labios, destinando el momento a ser carne de recurso en algún telediario, ignorantes de que un micrófono indiscreto está grabando sus palabras. Cospedal luce un semblante sereno. El sol la ilumina  de escorzo y suaviza sus facciones. Sus gafas colgando en la pechera le dan un aire juvenil de profesora de instituto. La escena respira cordialidad.

SICALIPSIS. Este entrañable departir se convierte en noticia por algo, aparentemente, insólito: hablaron bien de sus oponentes. ¿Dónde se ha visto semejante disparate? ¿Dónde quedó la oratoria acerada y belicosa de nuestros políticos? ¿Dónde el fragor leonino de la melena de Cospedal? En la cultura del circo catódico, sicalíptico y romano, un juicio positivo no sólo no vende, si no que devalúa el valor de la propia imagen. Un escalofrío me recorre la nuca al ver que, en el fondo, Javi y Cospe eran gente razonable. Lástima que haya que acallar, con urgencia, su salida del armario.

PROVOKACIÓN. Para desmentir su comentario sobre la “proyección pública” del nuevo gobierno, Arenas replicó en un acto malagueño posterior a la primicia, que lo que quiso decir es que “es una provocación pública que Zapatero siga de presidente del gobierno”. Golpe de humor andaluz, chascarrillo bien hallado, para devolvernos a la senda del exceso. Provocación con K debió haber dicho Arenas: si nos ponemos radikales, hagámoslo bien.

IMPLOSIÓN. La ferocidad verbal no es sólo patrimonio del PP (aunque tengan un talento para ello digno de elogio), si no que se ha convertido en moneda de cambio corriente. La retórica acusica de los políticos convierte las cortes en un patio de recreo de dudosa utilidad. La televisión o las redes sociales destilan bilis a diario (aunque se corte con algún contenido bienintencionado, para hacerse digerible y evitar la sobredosis). En general, la declaración será escabrosa o no será. ¿Qué ocurriría si de pronto los archienemigos políticos se enfrascaran en un debate constructivo, armónico, a la búsqueda del consenso? ¿Perderían las elecciones? ¿Perderían TODOS las elecciones, dejándonos huérfanos de líderes? Implotaría el mundo, quizás, tal y como lo conocemos.

POESÍA. Buscando un vídeo de “No me chilles que no te veo” -película cuyo título me parece inspirador para esta reflexión-, encuentro esta perla. Dotada de una extraña poesía, resulta, fuera de contexto, una pieza bella, digna del mismísimo Bill Viola. Hay algo metafórico del griterío mediático y emocional en los puñetazos al aire de Richard Pryor. Como él, parece que buscamos al enemigo antes de recibir la ofensa.

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