GUEST STARS: “MURAKAMI EN VERSALLES”, by MUACK

POST ESCRITO EN EXCLUSIVA POR NUESTRO PRIMER GUEST STAR: MUACK.

Occidente lleva siglos envuelto en una ensoñación oriental, alimentada por los viajeros y comerciantes que transitaban la Ruta de la seda. De hecho, desde la Antigüedad, las exquisitas mercancías que llegaban desde Asia fueron construyendo una visión de Oriente, y especialmente de China, basada en el exotismo y el lujo.

A pesar de ello, las piezas de arte y manufacturas chinas que llegaban a Europa nunca influyeron demasiado en el lenguaje artístico occidental. De hecho, su influencia se limitó al campo de las artes decorativas. Es el caso de la Chinoiserie, el estilo que, a finales del XVIII, en pleno éxtasis rococó, llenó los salones de la aristocracia europea de jarrones de porcelana, dragones y estampados con pagodas.

Con la llegada de los ideales ilustrados, las chinoiseries pasaron de moda El ascetismo moderno era incompatible con las purpurinas que tanto éxito habían tenido en la corte de Luis XVI. Así que,  superada la influencia china, la fantasía oriental se trasladó a Japón. El legendario Cipango ofrecía un estilo sutil y refinado, mucho más acorde al gusto moderno. De hecho, a lo largo del XIX, el japonismo ejerció una influencia decisiva en la renovación del arte occidental, que se mantuvo, de una u otra forma, a lo largo de todo el siglo XX.

Hoy Takashi Murakami, el artista japonés más reconocido internacionalmente, expone su obra en el Palacio de Versalles. Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que Murakami se presentaba así mismo como el último representante de la tradición artística japonesa. A través del concepto Superflat, Murakami decía combinar los aspectos más provocativos de la cultura otaku con algunas de las características del ukiyo-e, esas“imágenes del mundo flotante” que tanto contribuyeron a  liberar al arte occidental del peso que lo asfixiaba. Sin embargo, a medida que la obra de Murakami ha ido alcanzando notoriedad, su trabajo ha ido haciéndose cada vez más decorativo y pueril. Y así, donde antes había alusiones a “mundos flotantes” y radicalmente planos, ahora solo hay purpurina.

Como ocurrió hace dos años, cuando Jeff Koons llenó Versalles con sus bibelots, las piezas de Murakami encajan como un guante en la abigarrada decoración de Versalles. De hecho, por su barroquismo, y sobre todo por su agotadora intención de agradar, podrían definirse como una especie de “nuevo rococó”. No hay en ellas el menor rasgo de renovación formal. Son sólo modernas chinoseries, extravagantes y caprichosas, pero completamente inocuas. Objetos de lujo, destinados a  decorar los salones de la nueva aristocracia.

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