“SÁLVAME” Y LA TEORÍA DE LOS UNIVERSOS PARALELOS

Ver la televisión después de comer es un ¿lujo? al alcance de pocos -no asalariados, en su mayoría, por voluntad propia o ajena-. Tal actividad abre la puerta a universos paralelos, poblados tanto por remotos animales de documental de La 2, como por los especímenes más cercanos, y no por ello menos inquietantes, de la cadena amiga. Últimamente, he tenido ocasión de asistir desde el sofá de mi casa a esa parada de los monstruos orquestada por el demiurgo Jorge Javier, bautizada como “Sálvame” en casual guiño a los telepredicadores yankis, lo cual me ha sumido en profundas reflexiones al respecto.

Nacido como uno de esos late-nights destinados a alimentarse y regurgitar sus contenidos a partir de un programa estable de Telecinco (“Supervivientes”), “Sálvame diario” fue creciendo por sí solo, impulsado por la energía viperina de sus tertulianos y aupado por una audiencia feroz a bajo coste. Independizado como parásito, pronto se convirtió en la gran esperanza blanca de la franja de sobremesa, dispuesto a recuperar los gloriosos shares que en su día había alcanzado el “Tomate”.

Criticado por ser una loa al insulto, a lo chabacano y a la decadencia en general, es, sin embargo, unos de los programas más exitosos de nuestra parrilla. Según fuentes de Telecinco, “Sálvame” respondería al mantra del gurú catódico, Paolo Vasile, quien “no quiere formatos elegantes ni de prestigio, si no programas que funcionen”.

Tras el escalofrío inicial, descubrir que Paolo Vasile es antropólogo de formación hace que todas las piezas empiecen a encajar en el puzzle. El éxito nunca es casual y tiene que haber un mecanismo socio-cultural muy bien pensado, que accione nuestras neuronas para que amemos “Sálvame”. Hay algo hipnótico en esos bucles reiterados de insultos que pueden llegar a ocupar largos minutos, sin más contenido que un “caca-culo-pedo-pis” recíproco entre dos tertulianos; o en esos planos robados, como de película de autor, que enfocan de pronto a Karmele Marchante comiendo una barrita energética, con la mirada perdida. Con sus gritos altisonantes, sus bailoteos de madrugada cocainómana y su belleza de bótox, los protagonistas de “Sálvame” se entregan a una orgía de violencia verbal, moral y estética, que es puro grand guiñol. Con un guión, seguramente mucho más robusto de lo que pudiéramos imaginar, el programa simula una improvisación continua, cuyos hilos maneja con talento underground el maestro de ceremonias, Jorge Javier.

En las manifestaciones de Lydia, Karmele, Kiko, Mila, hay algo más allá de lo dionisíaco, algo directamente regresivo. Como en un patio de jardín de infancia, pueden jugar, gritar, pegarse, y obedecer, de vez en cuando, a las reprensiones del profesor. Cuando Jorge Javier le pregunta a Belén, tras una de sus múltiples discusiones, si le pasaría el enfado con un par de besos, ella responde que sí, con un mohín aniñado. JJ estalla en una carcajada, como el padre enternecido por su criatura, y cierra la escena con sendos besos. En esta vuelta a la infancia radica probablemente una de las claves de “Sálvame”. Su puerilidad catódica es salvaje, sin filtro, ajena a la convención o el buen gusto. Proyecta el ansia infantilizada del televidente pasivo-agresivo, que sólo aspira a la evasión de sí mismo y del mundo.

En una sociedad que alaba la juventud hasta el punto de sumirnos en un infantilismo radical, los estallidos de estos tertulianos actúan como chutes de adrenalina liberadora. La tribu de “Sálvame” es un cuerpo parasitario que se alimenta de nuestro afán regresivo.

Según la teoría de los Universos Paralelos, ahora mismo podría existir un doble tuyo que dejó de leer hace rato este post. Tal y como afirmaba Hugh Everett III en 1957, el universo se ramifica en una multiplicidad de copias, de superposiciones de mundos clásicos, de modo que todas las alternativas posibles pueden estar ocurriendo simultáneamente en diversos planos de la realidad. “Sálvame” llega desde alguna de esas dimensiones probables, puede que la misma desde la cual provenían los monstruos del caos de Lovecraft, ajenos a la dicotomía Bien-Mal, concepto humano irrelevante ante la inmensidad del universo. Una dimensión regresiva y feroz, que condiciona nuestros patrones de consumo convirtiéndonos en niños. Caprichosos, amorales y siempre dispuestos a comprar. El espectador feliz y perfecto, en definitiva.

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