DISONANCIA COGNITIVA

CAÍDA. En 1970, Bas Jan Ader se tiraba desde un tejado en Los Ángeles convirtiendo la caída en arte. Con una leve inclinación de la cabeza, todo su cuerpo se arquea hacia delante y empieza a rodar hacia el vacío. El vacío, en este caso, es relativamente breve y salvo alguna fractura, el precipitarse en él parece no tener graves consecuencias. Ese abandono a la fuerza de la gravedad representa el acto de liberación que todos hemos deseado alguna vez. Bas Jan Ader, el artista del fracaso, se sacrifica para insuflarnos un soplo de vida.

TRIUNFO. Ahora que los fastos de La Roja nos retrotraen a un modelo clásico de emoción colectiva, mitológico, con seres bellos y atléticos que se aparean entre ellos para hacernos soñar, es refrescante ver a Ader ceder a la tentación de la caída. Que el fracaso nos alimenta tanto como el éxito no es ninguna noticia y de hecho los realities no dejan de ser nuestro actual circo romano. Ver cómo los candidatos desfallecen de hambre en una isla o cómo se insultan hasta la extenuación en Guadalix de la Sierra, es una forma de degradación lenta y vistosa que sublima nuestro morbo, pacíficamente, desde el sofá.

DÉCIMAS. En el último número de la revista Diez Minutos, podemos ver cómo nuestros futbolistas pasan las vacaciones junto a sus parejas. Iniesta con Anna, Villa con Patricia o Torres con Olaya pintan una suerte de frescos pompeyanos, a través de los cuales conocemos cómo es la vida en el olimpo. Aparentemente no tan distinta de la mía o la tuya. Ahora que el éxito es de la gente sencilla, todos podemos sentirnos un poco más cerca del paraíso y gracias al mundial, algunos vaticinan incluso que se nos levantará el PIB algunas décimas. Bienvenida sea esta euforia, si es en pos de la revitalización económica. Menos mal que están Iker y Sara para recordarnos que ellos nunca serán como nosotros. A mí me gusta que me pongan en mi sitio, que si no se me sube el éxito –ajeno- a la cabeza y pierdo la noción de la realidad.

MILAGRO. En 1975, Bas Jan Ader se propuso cruzar el Atlántico en una pequeña embarcación. Saliendo de Cape Cod –Massachussets- para llegar a Falmouth –Inglaterra-, el recorrido debía durar 60 días y pertenecería a su tríptico “En busca de lo milagroso”. El bote apareció 6 meses después en las costas de Irlanda y nunca más se volvió a ver al artista. Un magna obra sobre la desaparición, en el que el fracaso de la empresa se convierte, por mor de la poesía, en el mayor de los éxitos.

DOMINGO. Este ir y venir entre los polos opuestos de la gloria me sume en una profunda disonancia cognitiva. Ya no sé si prefiero la épica tribal del de Fuentealbilla o la dulce melancolía del holandés errante que está demasiado triste para decírtelo. Los domingos veraniegos son limbos donde aflora la poesía en los rincones más insospechados.

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