ALIAS

De pronto, en la sección Internacional del País, aparece una mujer. Su postura esquiva, indolente, el estampado floral contra el que posa, tienen algo de victoriano y me recuerdan a la Salomé de Beardsley. Aunque todo en ella respira literatura, la fotografía que ilustra el artículo fue tomada de algo tan prosaico como Facebook. Retrata a Anna Chapman, presunta espía rusa que, de barbacoa en barbacoa, debía infiltrarse en el american way of life para desvelar los secretos yankis y enviarlos a la madre Rusia. Junto a otros 10 sospechosos, las vidas de estos agentes transcurrían apaciblemente bajo la vigilancia del FBI, sin que  nadie, durante años, notara nada extraño. Y es que al parecer, los espías son bastantes aburridos; en ello consiste su trabajo: en pasar desapercibidos. Pero Anna Chapman -originalmente Kuschchenko- se resiste a la vulgaridad. Ella es una espía clásica y cuando posa con su melena pelirroja ondeando al viento en Times Square, emana ese aura de femme fatale que nos hace soñar.

Probablemente, todos somos un poco espías en nuestra propia vida. Bajo una apariencia, un nombre o una familia, late un desconocido que investiga los secretos cotidianos para enviarlos a una patria muy lejana, a la que nunca volveremos. En algún momento, llega a olvidar, casi, en qué consistía su misión pero sigue observándonos, al acecho, a la espera de esa revelación que le permitirá volver y liberarse al fin de las barbacoas.

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