AMERICA, AMERICA

Hoy recupero tres series que me han acompañado, con nocturnidad y alevosía, a lo largo de estos últimos meses, contribuyendo a alimentar mis obsesiones catódicas sin remedio. Las tres reflejan los claroscuros de la cultura norteamericana y sus grandes temas recurrentes: el éxito y el fracaso, la lucha entre el bien y el mal, la ambición… Ahora que he terminado de ver la última de ellas, me siento huérfana de fe;  y es que yo necesito peregrinar al sofá por las noches, con la vehemencia del fiel que se entrega a su religión.

“MAD MEN”

Creada por el estrafalario Matthew Weiner -quien puede parar un rodaje durante horas porque la fruta que hay en el atrezzo es demasiado grande, comparada con la que había realmente en la época-, “Mad Men” narra las aventuras y desventuras de unos publicistas en el Nueva York de los años 60. Fumadores, borrachos, puteros: son el epítome del éxito. Mientras los hombres conquistan el mundo, las mujeres cruzan las piernas y soplan la laca de sus uñas. Pero todo esto es la superficie resbaladiza bajo la cual palpitan los fantasmas privados y las grandes ambiciones, esas corrientes subterráneas que nos dominan. Y uno acaba reconociendo o reconociéndose en los personajes con perplejidad. Por no hablar de los maravillosos actores, que desde los más protagonistas (esos ya mitológicos Jon Hamm y January Jones), hasta los deliciosos secundarios (Christina Hendricks, Vincent Kartheiser, John Slattery…) dan vida a este reflejo brillante y pop de nosotros mismos.

“TRUE BLOOD”

Después de absorber por vía intravenosa y en sólo una semana toda la primera temporada, me siento embriagada aún por los aires pantanosos de Lusiana. Creada por el glorioso Alan Ball (padre de la histórica  “A dos metros bajo tierra“), describe una sociedad en la que los vampiros salen a la luz -sólo metafóricamente-, cuando el lanzamiento de la sangre sintética, por parte de una farmacéutica japonesa, les permite alimentarse sin desangrar humanos. Mucho se ha dicho sobre esta serie (que habla sobre la discriminación, los prejuicios…) y es así, pero lo que más me cautiva de ella es cómo va desvelando un mundo oculto con total naturalidad, dejando de lado el artificio para dibujar unos personajes exquisitamente. Destilan ironía, sentido del humor y no pueden ser más ajenos a esos vampiros de laboratorio, diseñados para estimular hormonas adolescentes a la luz del crepúsculo. Yo le tengo particular cariño a la pareja Sam-Bill, que perpetúa esa herencia de hombres ligados por el amor-odio, que tanto nos ha hecho gozar en televisión últimamente de la mano de Jack y Sawyer en “Perdidos“, y con el burbujeante Lafayette, del que tanto se aprende.

CARNIVALE

Por último, la maravillosa “Carnivale“, otra hija de la bien hallada HBO. Ya desde sus títulos de crédito, hay algo en ella que me retrotrae al hipnótico Twin Peaks, origen de toda esta estirpe de series emblemáticas. Si bien los bosques frondosos de aquella se sustituyen aquí por el paisaje polvoriento de la Gran Depresión, ambas comparten ese aire onírico permanente y en ellas late el enfrentamiento entre el bien y el mal con un eco sordo. La trama oscila entre la lucha por la supervivencia de un circo ambulante, poblado de seres fantásticos y sórdidos a la vez, y las diatribas de un pastor metodista, el hermano Justin Crowe, que en su búsqueda de Dios, parece acercarse cada vez más al infierno. A través de los sueños, ambas irán convergiendo, en un camino mitológico en el que el protagonista, Ben Hawkins, irá desentrañando su pasado.

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