SOPHIA, CARRIE Y EL TIEMPO

Me encuentro en El Hombre Confuso con un sentido homenaje a Rue McClanahan, la seductora Blanche Deveraux en la mítica serie “Las chicas de oro“. La noticia de su muerte, hace pocos días, siembra la red con su pícara sonrisa. De pronto, en una revelación mística, entiendo que las chicas de oro no son si no las precursoras de las idem del sexo en Nueva York. Verdad quizás obvia, pero invisible a mis ojos hasta este momento.

Los 2 cuartetos, jinetes del apocalipsis femenino en tiempos difíciles (unos competitivos 80 o el incierto arranque del siglo XXI), se enfrentan juntas a encrucijadas amorosas, a los ires y devenires de la vida, a lo largo de varias temporadas en las que sólo perdura su amistad. En ambos casos, encontramos los mismos prototipos: la desinhibida devoradora de hombres (Blanche / Samantha), la mujer sensata y caústica (Dorothy / Miranda), la dulce mojigata (Rose / Charlotte). Como diría el padre del psicoanálisis: el ello, el yo y el superyó. El estereotipo de la mujer siempre cabalgando a lomos de su sexualidad, como si sus pulsiones definieran todavía sus límites. Y por el camino de Freud, oscilan los dos personajes quizás más icónicos: la lenguaraz Sophia y la volátil Carrie. Dos imágenes de éxito: una autoproclamada vieja, libre y descarada, frente a una heroína romántica y neurótica . Una fuera ya del tiempo, ajena a sus servidumbres, y la otra, metida de lleno en él, como el conejo de Alicia, siempre a la caza del último instante. Si en la época de los tiburones financieros, reinaba el desapego de una anciana, en estos tiempos new-age, volvemos a cargarnos con la ansiedad de una eterna joven. El inconsciente, jugando con sus opuestos.

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