VOLVIENDO A GRECIA

Como algunos me han recriminado (amistosamente) que defiendo más a las vaginas que a los penes, hoy dedicamos este post a la hombría. Y es que la revista Vanity Fair -el Hola de los intelectuales- se ha propuesto, tanto a este lado del Atlántico como al otro, exaltar la desnudez masculina en sus portadas. En el caso español, el lugar de honor lo disfruta el Sr. Andrés Velencoso, mientras que en el número norteamericano, el podio lo ocupan Cristiano Ronaldo y Didier Drogba. Viendo estas imágenes de bellos musculosos, la primera pregunta que me asalta es a quién se dirigen estas fotos. ¿A captar la atención (y el bolsillo) de mujeres, gays u hombres heterosexuales? Con sus perfiles cincelados a golpe de gimnasio, sus miembros fibrosos, su porte, evocan el ideal griego de esos atletas que competían totalmente desnudos. Cuando los observamos con delectación, perdiéndonos en sus recovecos, compartimos ese gusto de la Grecia clásica por la belleza canónica, absoluta, ajeno a la orientación sexual de cada uno. Nuestros modelos apelan así tanto al hombre heterosexual que aspira, cuando suda en la cinta métrica, a tener un ápice de sus músculos y su gloria; a los hombres homosexuales, que fanfatasean con revolcarse en viril cuerpo a cuerpo con ellos; a las mujeres heterosexuales, cuyos genes, atávicos, suspiran por cruzarse con machos bien construidos.

Frente al Vanity Fair, en el kiosko, todos experimentamos una pansexualidad que, por obra y gracia del Marketing de masas, nos lleva a desear lo mismo. La belleza perfectamente optimizada.

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