SEXO-FICCIÓN

VIAGRA. Hace unas semanas, leí en el País Semanal un reportaje sobre el lanzamiento de viagra femenino. ¡Atención! Si la felicidad llegó a uno de los lados de la cama hace tiempo por cortesía de Pfizer, parece que ahora también podría llegar al otro. A pesar de intentos diversos, algunos incluso disponibles en el mercado, las farmacéuticas no acaban de dar con la cuadratura del círculo y es que, como en ese chiste gráfico que circulaba por Internet, la sexualidad femenina sería un sofisticado engranaje, surcado de circuitos y sensores, frente al on-off de los hombres, mucho más fácil de activar. Amigos, con los estrógenos hemos topado.

ORGASMO. Si la ciencia provee, las féminas de este mundo en edades avanzadas podrían gozar de la vida sexual de una muchachita. Exaltadas por la pastilla del amor, se abandonarían al deseo, rugiendo de placer como émulas de Sharon, junto a sus también enfebrecidos compañeros. Llegados por fin a un estadio sexual totalmente democrático, todos tendremos la exigencia de follar como estrellas de Hollywood. No sólo esos jovencitos que se adentran en las orillas del sexo, guiados, temerosos, por un guión de Física o Química, ni los treintañeros estresados que suman a su lista de tareas la de echar un polvo de escándalo al menos 2 (¿3?) veces por semana. Ahora también nuestros mayores tendrán el derecho de suspirar por una sexualidad orgásmica, contorsionista, hiperestética. Todo sea por los beneficios de la empresa y el auténtico romance, el de la democracia y el consumismo.

VAGINA. Mientras tanto, en los Estados Unidos, se retira de la televisión un anuncio de tampones por mencionar la palabra maldita: vagina. Incluso después de remplazarla por el eufemístico “ahí abajo”, los delicados ejecutivos de la cadena decidieron no emitirlo, por temor a alterar a su audiencia. Ay… ¡el poder de la palabra! Aunque los telefilmes de media tarde muestren revolcones perfectos en sábanas de seda, 6 letras, con su sencillo grafismo, son capaces de desatar pasiones mucho más exacerbadas. Coartada por el pudor yanki, la marca de Kimberly-Clark retocó el spot, manteniendo sin embargo, un sarcasmo, por lo menos refrescante, en el ámbito de la higiene femenina.

PALABRA. De manera que no podemos pronunciar la palabra en cuestión, y mucho menos enseñar el órgano al que alude, pero sí podemos suspirar -y pagar- por una sexualidad hiperactiva. La exigencia de cumplir con el deber hace tiempo que pesa sobre una hombría desorientada y ahora planea también sobre ellas, pero la ilusión de juventud que evoca no puede estar más lejos de  la capacidad para descubrir de la edad de la inocencia. El cuerpo, el instinto, las reacciones espontáneas quedan así relegadas a un segundo plano, cediendo protagonismo al sexo-ficción. Y de tan acostumbrados como estamos a la doble moral, digerimos sus exabruptos sin inmutarnos.

ANTÍDOTO. A estas alturas de la película, me sigue fascinando el cuadro de CourbetEl origen del mundo”. Tan sencillo (y complicado) como el primer plano de un sexo femenino, es un cuadro pequeño, de cámara, para colocar en la chimenea junto a un jarrón de flores. Y sin embargo, a lo largo de los años, no ha dejado de crear escándalo. ¿Será que enfrentarnos al que es, efectivamente, el origen de nuestro mundo, nos desconcierta y angustia, como alguna vez le he leído a Camille Paglia? En fin, dentro de toda esta oscuridad, yo me quedo con la sexualidad luminosa (¡y septuagenaria!) de Georgina Spelvin. Su naturalidad y ese sentirse bien en su propia piel me parecen el mejor antídoto frente a la vejez. Sobre todo la de espíritu.

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