EL PECADO DE WAL-MART

Wal-Mart baja el precio de las Barbies negras y el mundo se viene abajo. Foros, blogs y columnistas critican la medida con severidad por su supuesto trasfondo racista. En la imagen, Theresa sonríe con resignación, junto a la Barbie caucásica que, emulando a L’Oréal, sí lo vale. ¿Hay efectivamente rastros de racismo en el gesto de Wal-Mart? ¿Estamos ante una violación de la dignidad afroamericana? Dios me libre de intentar dilucidar semejante cuestión moral. Lo que tengo claro es que la ley de la oferta y la demanda han mutado. Aquellas entrañables curvas que aseguraban que a menor precio, mayor volumen y que frente a un sobrante de stock, el recorte de precios sería el mejor remedio, ya no rigen. La lógica mercantil cede su sitio a un comercio de honores mucho más delicado y la cultura de la ofensa que alimenta las vísceras norteamericanas saca de nuevo su látigo justiciero.

En el capitalismo de ficción, como lo bautizó Vicente Verdú, hay que tener cuidado con el valor de cambio de las mercancías. Estábamos vendiendo una muñeca y resultó que nos estaban comprando un símbolo. Aunque imagino que siempre fue así, ahora que la opinión pública sufre de un exceso de superyó, dispuesta a condenar cualquier percance, por el mero placer de oír el eco de su voz, multiplicada hasta el infinito mediático, el pecado de Wal-Mart fue probablemente no integrar la paranoia social como una variable de la ecuación. Aaay… Si el capitalismo de ficción busca ante todo gustar, está claro que estas no son formas de hacer amigos, Sr. Wal-Mart.

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