UN DELICIOSO DILEMA

Con el lema Esto lo arreglamos entre todos, una campaña amparada por la crème de la crème de nuestro país aparece en los medios desde hace algunas semanas, animándonos a salir de la crisis (sobre todo la mental) por nuestro propio pie. Su web explica, siempre con cierto halo de misterio, que la iniciativa parte de un profesional del marketing, el Consejo Superior de Cámaras de Comercio y grandes empresas españolas que guardan un elegante anonimato. Esta falta de sponsor reconocible agita mis neuronas como un chute de alka-seltzer en plena resaca publicitaria. ¿Por qué este aparente altruismo? ¿Quién invierte en buenas intenciones?

A golpe de click, averiguo con rapidez que algunos de los nombres que apoyan desde la oscuridad esta campaña son, entre otros, Telefónica, Renfe, Iberia, La Caixa, Mercadona o Iberdrola. Las fuerzas vivas -¡ay!- de la economía de este país. Como una damisela recatada que nos seduce oculta tras su abanico, las empresas nos cortejan revelándose poco a poco en la red. Los caminos del capital son insondables y a través del canto a la autosuperación que promueven, seremos capaces de salir de la crisis y volver a consumir. ¿Acaso hay algo reprobable en que las empresas nos animen a superar la depresión que nos asola? Nada. Están para hacernos gastar y dar sentidos a nuestras vidas. Sin embargo, ¿no es un delicioso dilema el hecho de que sean ellas quienes asumen el liderazgo moral en el espinoso tema de la crisis?

Por decirlo a la George Clooney: who else? ¿Quién si no iba a promover una iniciativa tan rompedora, como la de intentar levantar a los españoles de su sofá mental para devolverlos a las calles cargados de energía? Si bien el gobierno es el primer interesado en este cambio de actitud y como representante del pueblo, debería tener cierta responsabilidad en mantener nuestras conciencias vivas, un enfoque tan optimista resultaría fatal desde un punto de vista política. Un “esto lo arreglamos entre todos” se interpretaría como una jugada de balones-fuera, muy poco rentable para su (ya tocada) popularidad.

¿Los intelectuales? En esta era de la democratización masiva, ya no son señores que piensan más que tú y que yo, si no gafapastas a la moda que ven películas en versión original. Quienes detentaban ese rol en el pasado poseían una autoridad y ejercían un espíritu crítico que marcaba la opinión pública. Hoy en día Carmen Lomana marca la opinión pública y el ejercicio de los intelectuales tiene un impacto mucho más limitado, como si fueran una comunidad que se retroalimenta a sí misma, sin traspasar la frontera que la separa del mundo exterior.

Y así volvemos al mundo empresarial, porque como en el chiste: de comulgar ni hablemos. (La Iglesia está muy ocupada en lucir sotana Colón arriba – Colón abajo, para complicarse en otros menesteres. Mejor.) Y mientras nos debatimos sobre el sentido filosófico de que las empresas nos animen a superar la crisis para que volvamos a generar dividendos, yo no hago más que pensar sin pasar a la acción. Lo peor de todo es que estoy de acuerdo con el mensaje que promulga estosloarreglamosentretodos. ¿Pero cómo hacerlo tangible, más allá de una bonita operación de cosmética emocional? Supongo que los ejemplos de la web dan alguna idea de esto. Si es que en el fondo, ya sabéis que siempre me rindo ante una buena campaña publicitaria.

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