GENERACIÓN Y DEGENERACIÓN

X. Según mi fecha de nacimiento, pertenezco a la llamada Generación X, iglesia cuyo padre espiritual fue, sin duda, Kurt Cobain. Rechazando las mieles –tóxicas- del éxito, el artista de Seattle se pegó un tiro un 5 de Abril de 1994, dejando huérfanos no sólo a una hija pequeña, si no a miles de fans en todo el mundo. La globalización acechaba, vestíamos camisas de cuadros y nos lavábamos poco. Éramos, en definitiva, rebeldes sin causa y nos cuestionábamos la vida de suburbio a la que nos abocaba una infancia acomodada. La juventud será transgresora o no será, y no hay nada peor para un adolescente que facilitarle las cosas. Cuando no hay meta contra la que rebelarse, uno no tiene más remedio que conformarse con lucir un peinado estrafalario o una depresión crónica como complemento de estilo.

Y. Mientras la Generación X deshojaba la margarita, la Generación Y tomaba el relevo. El “¿por qué?” al que aludía su nombre (Why, según sonaba en inglés) debía reflejar su actitud desafiante y retadora. Cansados de la melancolía de sus predecesores y de sus ideales cartón piedra, la chavalada fin-de-siècle es individualista, descarada y descreída. Nativos digitales, su cerebro funciona con la  inmediatez de una ráfaga de tiros en un videojuego y capturan cualquier conocimiento a golpe de click. Según Vicente Verdú, estos jóvenes no aceptan la autoridad porque les es totalmente ajena, formados como están en el credo de la interacción. El profesor no infunde respeto, porque no se lo ha ganado mediante miles de visitas, admiradores o votos en una web. Individualistas de pro, no bendicen algo como grupo, si no como la suma de muchos Yo.

NI-NI. Parte de los Y parece haber mutado en “Ni-Ni” y ni estudian ni trabajan. Descorazonados ante la perspectiva de no poder firmar una hipoteca, comprar un coche y tener un perro, como siempre habían soñado, se abandonan al dolce far niente. La Sexta, en arranque antropológico, encierra a  un puñado de estos jóvenes en una casa y crea un bizarro cóctel entre Gran Hermano y Super Nani. Los medios nos dicen que la juventud es así y la Sexta estrena el programa probablemente más deprimente de la década. (¿Dónde estás Hotel Glam, cuando más te necesitamos?)

EX-X. Según un estudio de CP Proximity, a los antiguos miembros de la Generación X, ahora entre treinta y cuarenta, se les puede clasificar en tres grupos. Los vividores emulan a Peter Pan y se dedican a disfrutar de la vida, eludiendo las responsabilidades; siempre en busca del placer, adolecen de una insatisfacción crónica. Los hedonistas urbanos se ciñen a un grupo de amigos más reducido, están cómodos en su entorno, compran comida ecológica, pero esperan -¡AY!- el gran acontecimiento que cambiará sus vidas. Por último, para los superpapás su vida pivota alrededor de los hijos. Sin más.

FELICIDAD. A la pregunta de quiénes son considerados más felices, la respuesta es clara: los superpapás. Convertidos en sus progenitores, aparcaron el arrebato nihilista en el garaje. Mientras ellos son felices, los otros ex-X cantan como Sinatra “The best is yet to come” y los Ni-nis corean a Karmele. ¿Qué es mejor: tener ideales o ser feliz? ¿O es compatible? ¿Se puede tener ideales cuando lo tienes todo? ¿Qué es un ideal? ¿Lo venden en TV? En fin, amigos, muchas preguntas y pocas respuestas. ¿Qué siglas nos pondrán mañana? Yo, por lo pronto, intentaré ser positiva y ni quejarme ni aburrirme. Ahí es nada.

Anuncios