OTEANDO EL HORIZONTE

El 4 de Abril de 2010, la Gran Vía madrileña cumplirá su centenario. Después de planes y debates que duraron años, aquel día el mundo se vino abajo de la refinada mano de Alfonso XIII, quien con una piqueta de oro, daba el golpe inaugural en la primera demolición. La Gran Vía debía servir como nexo entre Alcalá y Argüelles y convertirse en la arteria que descongestionaría el centro, dando a Madrid aire y velocidad. A lo largo de los años, fueron creciendo edificios que se convertirían en carne de postal: el Palacio de la Música, el edificio Telefónica, el Capitol… Su flujo constante de seres y cosas es casi líquido, como ese río que nunca es el mismo, aunque parezca que siempre estuvo allí. De la Plaza de los Cubos, asediada hoy por las multinaciones, a esos cines de autor escarbados en el suelo como cuevas de intelectuales. De la cafetería Nebraska, que hubiera hecho las delicias de Hopper, al refugio de los gatos pardos, El Sol. Cada tramo de esta calle es parte de  mi camino de baldosas amarillas y en él me he encontrado hombres de hojalata, leones cobardes y por supuesto, me ha engullido algún que otro torbellino, que me trajo, eso sí, de nuevo hasta aquí.

Empiezo el año oteando el horizonte desde lo que, sin duda, es el puerto de Madrid, esta Gran Vía que tantos, como Antonio López, algo más arriba, han retratado:

Señoritas paseando por la Gran Vía, de Català-Roca.

El edificio Capitol, cuando en vez de beber gin-tonics con Schweppes, fumaba Camel.

No hay Gran Vía sin Eva, como decía Alberto García Alix.

Y El Sol, más Kubrick que nunca. ¡Que no se ponga!

Anuncios