EL MAL DE DRAPER

DRAPER. En un capítulo de la primera temporada de “Mad Men”, Don Draper detiene su coche ante las vías de un tren. Horas antes, su mujer le ha pedido que vaya a la pastelería a recoger la tarta de cumpleaños de su hija. Abrumado ante el puzzle de perfección que es su vida y frente al rugido del tren, su mirada delata un profundo deseo de ser arrollado. Secuencias más tarde, el publicista vuelve al hogar, apaciguando a una alterada esposa y comprando el cariño de la hija con un enorme perro San Bernardo. Todo vuelve a la normalidad.

SEDUCTOR.  “Mad men” me tiene enganchada. Los escotes cónicos de las secretarias, los omnipresentes cigarrillos, su colorido estridente: todo destila un regusto vintage, que lo aleja de nuestra higiénica y esbelta corrección política. Seguramente en esta rebeldía estética radica uno de sus éxitos, pero lo que más me seduce de esta serie es precisamente que Don Draper es un hombre de hoy en día.

TRIUNFADOR. Este publicista triunfador, que oscila de la ternura hacia su familia al desprecio más devastador, que siente remordimientos por vender aire aunque no deje que nadie le arrebate el puesto de directivo estrella, que busca en la infidelidad la adrenalina para seguir adelante: en este señor, estamos tú y yo. Y es que la sociedad del bienestar nos ha enseñado que aunque podamos tenerlo todo, nunca será suficiente. ¿Quién dijo que el gran consumo nos haría felices? Sí, fueron ellos: los anuncios de los 50.

ESTRELLA. Probablemente el existencialismo burgués que respira “Mad Men” esté tan cerca de nosotros porque fueron los barros de los 50 los que trajeron estos lodos. El fordismo hizo del gran consumo el refugio frente a las penurias del pasado y así fuimos aprendiendo que el confort lo dictaminaban la cilindrada de nuestro coche, la altura de nuestro césped o las pulgadas de nuestros televisores. La ansiedad consumista es tan filosófica como cualquier otra y nos enseña que nunca tendremos bastante. Adiós Hambre, bienvenida Insatisfacción.

DON. Pero antes de Draper hubo otros y si tengo que elegir, me quedo con el bello americano Lester Burnham, abandonado a una segunda juventud de hamburguesas y marihuana en la piel de Kevin Spacey. Antes de morir violentamente en una zona residencial, Lester se reconciliará con su vida. Ya os contaré si Don Draper hace lo mismo con la suya. Mientras tanto, ya sabéis: sed felices.

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