FEOS COMO LOS DE ANTES

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Con la muerte de José Luis López Vázquez, se va apagando una estirpe interpretativa que deja una herencia de difícil sucesión. Actor tan cómico como trágico, condensó en su gesto torcido y huraño la incertidumbre del españolito medio, ese al que tan pronto desorientaban las tetas inmensas de una sueca, como la hipocresía de una sociedad agónica. JLLV representa el icono del feo de antaño, ese señor bajito y poco agraciado que te cruzarías por la calle sin reparar jamás en él. A diferencia de los feos de hoy en día, López Vázquez destila mala leche, sorna e independencia. Nada que ver con esa tierna sonrisa, ese cariño casero que despierta en nosotros el entrañable Gabino Diego, por poner un ejemplo paradigmático.

¿Por qué ocurre esta mutación de los feos cinematográficos, convertidos de pronto en seres adorables? Probablemente tenga que ver con que antes todos éramos ese señor bajito y poco agraciado, regla que la modernidad viene a romper, democratizando la belleza. Si en los 60, sólo algunos podían ser galanes, hoy en día la palabra “galán” se desvirtúa: no sólo no recoge un patrón estético exclusivo, si no que cae en desuso. Todos podemos ser y somos guapos, Zara o Séphora mediante. Por eso los feos se vuelven simpáticos: ya no son “nosotros“, ahora son “ellos”, tiernos especímenes ajenos a nuestro bunker de belleza low cost.

Ya no quedan feos temibles, antipáticos, descastados… Por ellos y por el Sr. López Vázquez, un sentido brindis y este pequeño homenaje.

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