EN BUSCA DE HELLO KITTY

Desde hace ya algún tiempo, asistimos indefensos a una invasión silenciosa, quizás una las más temibles plagas de nuestros tiempos, que ha convertido nuestro entorno en un lugar más mullido, más pastel, más meloso. Hello Kitty ha vuelto con una violencia inusitada para conquistar el vacío de los centros comerciales en busca de negocios rentables o la estético incierta de los adolescentes. Nuestra musa de la niñez recobra su actualidad bajo múltiples manifestaciones e inunda la blogosfera como el epítome de lo cool.

hellokitty

¿Por qué resurge ahora y con fuerza este emblema de lo cursi, de lo gustoso, como diría mi amiga Charuca (gran inspiración, por cierto, para este post y muchas otras cosas)? Un análisis sociológico de semejante envergadura trasciende mi humilde voluntad pero no niego que me seduce la idea de elucubrar un poco.

La atracción por las formas dulces y redondeadas, es algo conocido y Mr. Disney podría hablar largo y tendido de ello. Que el ramalazo regresivo vuelva ahora con fuerza me hace pensar en una especie de auge del sentimiento infantil: Peter Pan es cada vez más joven. Nuestro ocio se aligera y se vuelve permisivo hacia esos placeres que de tan inocentes, ya ni siquiera son culpables. El fenómeno del videojuego o el éxito de las películas infantiles en un público no precisamente infantil son sólo algunas pistas. Quizás porque la transición entre la infancia y la edad adulta se ha vuelto corta y rabiosa, urgente en su ansia por atravesar una adolescencia hiper-informada e hiperactiva, el icono de la niñez se vuelve tan deseable. Cuando esa teenager corona el final de su espalda con un tanga de Hello Kitty, no hace si no tender un puente con el país del que se exilió demasiado pronto.

murakami

Por otro lado, en el centro de este huracán rosa, Japón emerge como la potencia que arrasará nuestro panorama estético. En un artículo en El País a raíz de una exposición de Murakami, Ángela Molina hablaba del sublime posnuclear para describir cómo la sociedad nipona se negó a crecer, tras el lanzamiento de la bomba nuclear sobre Hiroshima. (Ironías de la historia: Little Boy era su nombre.) Anulados por la catástrofe, se abandonan a la influencia norteamericana en una regresión colectiva hacia un mundo de fantasía que les permita recuperar la paz. Nace la generación otaku y al abrigo de una televisión siempre amable, la potencia iconográfica se empieza a gestar.

Si bien nuestro querido Occidente no ha vivido en carne propia semejante drama (aunque sí, otros), nuestros tiempos de crisis encajan bien con esta aspiración kawaii, que ensalza un gatito blanco e inofensivo como emblema de la felicidad. Lejos de Barbie –una evocación de la perfección plástica-, Hello Kitty es la ternura, lo bonito, los afectos infantiles que creíamos perdidos y que gracias al merchandising, vuelven a nosotros.

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La clonación comercial y la reinvención constante que sufre HK satisface a los espíritus más exigentes y a los bolsillos más derrochadores: desde una vajilla victoriana hasta un vibrador, cualquier item es bueno para trasladar el mensaje de paz de nuestra protagonista. Y es que esa difusión masiva en un amplísimo abanico de precios nos da la tranquilidad que sólo el gran consumo proporciona.

El lema de Hello Kitty según la web oficial de Sanrio es “Pequeño regalo, gran sonrisa”. Ese gusto por lo pequeño, por lo fácil, por un conformismo dulce, evoca bien este mal début-de-siècle en el que nos movemos. ¿Vamos hacia una sociedad Kawaii? Es difícil pronosticar el futuro de esta cultura en un país oscuro e intenso como el nuestro, pero en el impás, Hello Kitty, con sus minúsculos ojitos y su gracioso lazo, se impone a nuestro alrededor en busca del abrazo definitivo.

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