ARTE, TAZAS Y HAMBURGUESAS

TAZA. Hace unas semanas, una mujer rusa sintió un impulso irrefrenable y estampó una taza de té en la Mona Lisa. Motivada por su decepción al no obtener la nacionalidad francesa, la mujer hace honor al tópico eslavo y en lugar de quejarse ante una triste ventanilla, lanza una refinada taza al aire, para hacerla añicos contra una de las obras maestras del arte occidental. En ese gesto, la mujer se caga en siglos de buenas maneras y en las miles de fotos que los turistas ejecutan por defecto.

mona-lisa

REVERENCIA. ¿Quién no ha sentido un impulso irrefrenable de romper la seriedad de un discurso, el silencio en un concierto o la contención de una galería? Nuestra motor interno funciona a base de convenciones que mantienen a raya la tendencia al caos y agradecidos que estamos. En el mundo del arte, la reverencia es un must y la admiración debe ser higiénica, evitando que la obra se contagie de nosotros mismos. Andy Freeberg lo retrata muy bien en estas recepciones de galería, frías y neutras como la consulta de un dentista.

AUTENTICIDAD. Según la biografía escrita por Michael Peppiat, Bacon, al ver una de las falsificaciones de sus cuadros, dijo algo así como “interesante esa forma de pintar la escalera, creo que la utilizaré”. Me gusta esa tolerancia del artista hacia su imitador, tratándole de tú a tú y retroalimentándose de todo lo que se mueve. No obstante, lo habitual es que, como el coraje en la mili, la autenticidad en el arte, se le suponga. A principios de este año, seguí una noticia curiosa: “El Coloso” de Goya, aparentemente no era de Goya. ¿Acaso esta duda cambia nuestra forma de ver el cuadro? Nuestra forma de verlo, sí, pero el cuadro sigue siendo el mismo. Un poco como en el amor: no eres tú, soy yo.

Mona_lisa_louvre

EMOCIÓN. ¿Qué dicta la frontera entre un buen cuadro y uno malo? ¿Y entre uno auténtico y otro falso? La enciclopedia, señora. La emoción es de sensibleros e inseguros, así que ¿cómo dejarle el criterio para decidir qué es bueno y qué no?

HAMBURGUESA. Pero volvamos a la Mona Lisa. Las reproducciones que se han hecho de ellas son infinitas y de algún modo, todas intentan domarla. Esa sonrisa enigmática dicta sentencia y pasa a describir nuestro concepto de lo bello, que es, sin duda, esquivo. Me gusta esta reinvención de Consume Hasta Morir, transformando la sonrisa antológica en la mueca del payaso de McDonalds. Ambos son iconos y tienen mucho en común: comparten un logo famoso y un potencial de posteridad que, sobre todo por la parte de la multinacional, asusta. Ambos forman parte de nuestro paisaje mental y son clonados a diario. ¿Demasiado próximos? Me temo que si una civilización muy lejana descubriera algún día las ruinas de nuestro mundo, pensarían que tanto Ronald McDonald como Mona Lisa eran representaciones de nuestros dioses. Bueno, y de alguna manera, estarían en lo cierto.

falsa_sonrisa_siro_lopez

Anuncios