LA PISTOLA DE MAE WEST

PERRAS. Descubro en Ptqk un libro de lo más prometedor, que Itziar Ziga firma con un título sugerente: “Devenir perra”. En él, Ziga reivindica de modo abiertamente “panfletario” los iconos rechazados por el feminismo tradicional -esa “puta” tipificada en un par de tacones de aguja y unas curvas ceñidas- para reinventar un feminismo burlón e independiente. No puedo evitar sentirme cautivada por estas claves sofisticadas y autoparódicas que defienden la lucha desde el lado placentero de la vida.

MaeWest

FEMINISTAS. En una conversación reciente, surge una pregunta aparentemente trivial:  “¿Eres feminista?”. Con total inocencia respondo que sí. Observo cierto estupor en las expresiones de mis amigos y descubro que el feminismo parece ser poco cool. Quizás los -ismos tienen mala fama y de la misma forma que nadie se presentaría como machista, hacerlo como feminista suscita una imagen de radicalidad y extremismo, que no se estila. Al día siguiente y por prudencia metodológica, busco en Wikipedia la definición de la palabra “feminismo” y me encuentro afirmaciones tan poco censurables como “crítica de la desigualdad social de las mujeres frente a los varones” o “promoción de los derechos de las mujeres”. (Es verdad que puestos a buscar, seguro que también encuentro de las censurables si me pongo.)

AMAZONAS. Parece que en el imaginario popular, la feminista se identifica con una amazona corpulenta dispuesta a domesticar, cuando no aniquilar,  al género masculino. (Recuerdo de hecho el capítulo de Futurama en el que unas amazonas intergalácticas y freudianamente gigantes amedrentan a Fry y a sus colegas con una sexualidad arrolladora.) Puede que en el origen de la reivindicación, la mujer adoptara rasgos de la apariencia masculina para conseguir una igualdad por lo menos estética, pero esto no es más que un paso natural dentro de cualquier proceso transgresor, que a menudo empieza por invertir el orden más superfluo. No puedo estar más de acuerdo con Ziga en que una época de iconos escuálidos y exangües, de “vecinitas” encumbradas a mitos eróticos, nada hay más revolucionario que una curva cerrada y un aura de femme fatale. En cualquier caso, independientemente del vestido que llevemos, si todavía es noticia que una mujer sea ministra de defensa o presidenta de un país, es que todavía queda mucho que avanzar. Y ahí es donde me pongo el adjetivo sin mayor problema.

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FULANAS. En el fondo, las máscaras del otro siempre generan sospecha y a veces tendemos a construirnos por oposición, cuando lo sano es hacerlo a partir de uno mismo. Me despierta mucha curiosidad esa demanda de un porno para mujeres, de la que leo, entre otros, en Malos tiempos para la lírica, -primero como si hubiera una demanda efectiva y segundo, como si el ¿masculino? no sirviera-. En otra cena de viernes por la noche surgió precisamente de este tema y recuerdo que en un grupo de 2 hombres y 2 mujeres, mi amiga y yo respondimos que el porno en el fondo es porno y cualquier intento de domesticarlo le hará perder su esencia y su rol. (Sobre esto, vuelvo al libro de Andrés Barba, del que ya hablé.) Cuando se menciona la expresión “porno para mujeres”, no puedo evitar imaginar pétalos de rosa cayendo sobre sábanas blancas y música de Kenny G. Sin embargo, tengo que reconocer mi sorpresa cuando descubro las propuestas de María Llopis, que le dan sin duda una nueva y rompedora embergadura al género. De nuevo, destierro mis prejuicios para admitir, como diría Scully, que la verdad está ahí fuera. Estaremos atentos.

CHICAS. En la canción “Chicas, chicas, chicas”, Elvis explica con angustia cómo la visión de las jovencitas en la playa le abruma al punto de no dejarle comer. Un impulso primario por otro. En esa angustia existencial frente al bikini, la misma que sentía Fry frente a las amazonas intergalácticas, la misma que Paglia describe como terror ctónico, se esconde el poder de la imagen. La mujer siempre ha sido observada (sólo en un segundo plano, como el voyeur al acecho, ha sido observadora) y en esa carga que conlleva ser una imagen, un objeto, antes que un sujeto, hay una munición muy poderosa. La misma que cargaba la pistola del amigo de Mae West.

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