HAZME VOLAR

La FINA aprobó la semana pasada la abolición de los bañadores tecnológicos, esas fundas biónicas en las que Phelps y compañía se envuelven para desafiar el concepto de límite. La FINA no es una señora mayor con permiso para regañar, si no un grupo de soñadores que aspiran a que el deporte sea una cosa de cuerpos y voluntad y no de marketing y dinero.

phelps bañador manos abiertas

A partir de 2010 ya no veremos esas imágenes esbeltas y oscuras que hacían que los nadadores parecieran bailarines de Bob Fosse, dándole un nuevo swing al cloro. Julio César Maglione, presidente de la FINA, declara que “se hablaba más de los bañadores que de los nadadores” y que eso “no podía seguir”. Todo un alarde de romanticismo, no sólo por su exaltación del músculo virgen, si no por su desacato a la autoridad mercantil, ya que para algunos, esta prohibición amenaza a la industria del poliuretano.

(He investigado en Wikipedia y para vuestra tranquilidad, os diré que como canta la copla, la materia no se destruye, si no que se transforma y que el poliuretano lo mismo sirve para un barrido que para un fregado, literal en este caso, puesto que está presente tanto en el aerodinámico Speedo de Phelps, como en el Spontex que hay encima de mi fregadero. Larga vida al polímero.)

Pero hablábamos de romanticismo y ya se sabe que la sombra de Frankenstein es alargada. En el debate sobre bañadores, vitaminas, motores u otros apéndices del deportista, se esconde el debate sobre dónde está el límite humano y qué se puede construir en esa frontera. ¿Es legítimo potenciar las piernas del ciclista con esteroides? ¿Crear un bañador que flote solo? ¿Cuántos latidos extra del corazón marcan la raya entre lo legal y lo ilegal? Si Mary Shelley nos mostraba la potencia del hombre a través de una criatura hecha de retazos e imperfección, los deportistas son a la vez monstruo y doctor Frankenstein. En ese ritual de experimentación y riesgo, se esconde en el fondo la esencia del deporte, que no deja de ser una carrera contra uno mismo.

thorpe

¿Debe prohibirse el uso del bañador aerodinámico? No lo sé, pero yo sin duda le agradezco que nos acercara un poco más a ese olimpo estético del superhéroe en mallas. Recuerdo la imagen mitológica de  aquel Ian Thorpe cuyas articulaciones del tobillo eran pura plastilina, destinada a hacer sus aleteos los más rápidos de una época. Aquel emblema salido de la fértil Australia -ese territorio en que el torso de un hombre siempre supera nuestra imaginación- acabó comido por su propia criatura y las fotos sobre su supuesto declive físico acechan en Internet. En el fondo, en la carrera siempre gana el otro, uno mismo: el cuerpo.

Aunque Thorpe ocupa un cachito de mi corazón -libre de dopaje-, reconozco que acabo de hacerle otro hueco a Rafa Muñoz, que con declaraciones como “a mí me gusta mucho dormir” abre un nuevo paradigma en el mundo de la alta competición. Muñoz “se siente libre en el agua” y, con su minúscula toallita enrollada sobre su pelvis, nos da la sensación de nadar por puro amor al agua. El amor, ya se sabe, no entiende de polímeros. Y yo, como Darío Grandinetti, sólo busco que me hagan volar. Con bañador Jacked o toallita blanca, me da lo mismo.

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