RAPHAEL, “LA LLORONA”.

Hace algunos días viví uno de esos momentos de magia en los que de pronto, realizas un descubrimiento revelador. En un taxi de madrugada, como no podía ser de otra manera, una melodía y una voz familiares rompieron mi paz noctámbula. La versión de “La Llorona” de un Raphael sesentero se deslizaba por mis oídos con el deleite sutil de esos venenos kitsch, que siempre son los mejores. Qué gran canción y qué gran intérprete. Ese balanceo de muñeca y esa caída de ojos me seducen por una teatralidad que a menudo echo en falta en la vida ordinaria. Esa forma de jugar al gato y al ratón con nosotros, con un sombrero caprichoso tras el que aguarda una sonrisa pícara, me hipnotiza.

Raphael es un  mito extraño, que ya desde su nombre decide romper con la cotidianeidad a través de ese PH intercalado que es una sublimación de sí mismo. El PH de Raphael es la fórmula química de la autodeterminación, una forma de gobierno en la cual un golpe de pestañas tiene más valor que cualquier norma.

Otras dos grandes versiones de “La Llorona”: aquí de la mano de Lila Downs y aquí de la de mi idolatrada Chavela.

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