MUERTE EN NEVERLAND

CRIMEN. Gracias al apagón digital que he sufrido en las últimas semanas, me he entregado a la lectura compulsiva de un género típicamente veraniego: el policiaco. Quizás porque el exceso de sol, hormonas y alegría necesita compensarse con su antídoto oscuro, en estas fechas encuentro un profundo placer en los crímenes literarios. P.D. James ha sido la culpable de que mi adicción a internet haya sido relativamente llevadera y su libro “Intrigas y deseos” la herramienta del mal.

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MISTERIO. Que necesitamos el misterio es algo fuera de toda duda. La muerte de Michael Jackson, por ejemplo, ha suscitado todo tipo de teorías conspirativas en las cuales el asesino suministraba la dosis letal a la víctima del pop. He de decir que los médicos nunca contaron con mi confianza plena y es que alguien que sabe cómo funcionas por dentro no es como tú o como yo. Esa consciencia de lo precario de la vida les hace de una materia distinta y peligrosa. En cualquier caso, no me pronuncio sobre si uno de ellos es responsable de la muerte de Jacko, aunque Patiño lo afirme con esa contundencia de yugular hinchada y mandíbula pit-bull, que es patrimonio de los tertulianos de casta. Lo que sí me atrevo a afirmar es cómo el gusto por el crimen oculta, en el fondo, un profundo amor por la lógica. En la búsqueda de crímenes donde no los hay -o sí- se encierra la necesidad de reducir el mundo a piezas de puzle que acaben ensamblándose con la facilidad que sólo da la ficción.

VÍCTIMA. La conspiración contra Michael cierra el círculo de su iconografía maldita. Y es que la muerte de una estrella tiene que ser sangrienta, corrupta, temprana. Fallecer serenamente en una cama de sábanas blancas no es carne de posteridad y eso lo sabe cualquiera. A pesar de su vida estrafalaria, Michael Jackson ha respetado el código de honor del artista al no morir de viejo. En su combate contra la vejez, Jacko no luchaba contra las arrugas si no contra la madurez del alma. Estar al borde del medio siglo, como un hombre respetado, cuando él sólo quiso ser un niño querido es estar al borde de un abismo demasiado alto. Es curioso que uno de sus sellos característicos fueran aquellas tiritas en los dedos como las de un niño travieso y chamuscado que sólo busca atención.

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MÓVIL. El día en que muere Michael Jackson, mi madre me pregunta con aflicción si estoy apenada y me recuerda mi idolatría infantil hacia él. No puedo contener mi asombro y le rebato que jamás fui su fan. Mi madre, con esa contundencia que las madres comparten con los tertulianos aunque en su caso provenga de una sabiduría atávica, me dice “Hija mía, tú fuiste fan y tenías la carpeta llena de fotos”. Este descubrimiento me descoloca ya que si bien siempre fui admiradora confesa de Madonna, quien junto a Jackson formaba el ying y el yang de la mitología pop fin-de-siècle, ignoraba que él también hubiera ocupado mi corazón teen-ager. (Cuánto amor puedo llegar a dar.) Quizás tengan que darle la razón a mi madre porque el hecho de que este sea mi tercer post sobre Él (mmm...más mmm…) podría ser buena prueba de esta pasión freudiana. Puede incluso que todos hayamos sido fans de Michael en el primer fenómeno de idolatría universal.

PD James

CULPABLE. Pero volvamos a P.D. James, de quien entre otras cosas, me fascina que empezara a escribir con 43 años, después de haber sido una ávida lectora del género y una vez hubo absorbido todo el conocimiento de la práctica policial como funcionaria en el Ministerio de Interior británico. Como Kafka, me cautivan esos escritores que crean universos desde los pocos metros cuadrados de una habitación. En “Intrigas y deseos”, que os recomiendo fervorosamente, leo una frase que me pone los pelos de punta: “Jonathan se había hecho la reflexión de que todos tenemos necesidad de dominar nuestra vida y que, debido a esto, la vamos empequeñeciendo hasta que la vida es lo bastante reducida y mezquina para que podamos dominarla”. Si esto no es una dama del mal, que me quiten esta daga de la espalda.

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