NOSTALGIA DEL QUINQUI

QUINQUIS. Me encuentro en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona una exposición maravillosa: “Quinquis de los 80”. Tomando como referencia el cine quinqui, un prolífico subgénero nacido al calor de la transición española, la muestra profundiza en el origen del fenómeno y su devenir. Los carteles de “Perros Callejeros”, “Yo, el Vaquilla” o “Colegas” nos dan la bienvenida en una sala roja que simula los cines de antaño y donde la gente se agolpa frente a fotos de chavales embutidos en calzoncillos paqueteros.

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ADOLESCENTES. “Quinquis de los 80” desgrana las causas de la exclusión, el desarraigo y los sueños, que alimentaron a toda una generación de delincuentes juveniles. En esa energía adolescente que nos golpea como un latigazo de adrenalina, late la efervescencia de una sociedad de repente libre, que aun no ha sabido domarse a sí misma. Los iconos cinematográficos dejan de ser alegres monjitas o machotes de campo y hormonas, para encarnarse en cuerpos escuálidos en busca de otra dosis. Muerta la censura franquista, la miseria se destapa y origina planes urbanísticos, como los de San Blas o La Mina, que intentan reordenar el caos en forma de puzzle imposible.

REBELDES. El cartel de “De Tripas Corazón” me retrotrae de pronto a mi más tierna infancia en una imagen que se me quedó grabada como la magdalena de Proust. El joven delincuente arrastrando a la dulce dama hacia la noche oscura del alma. Ella, melena al viento, luce unas deportivas blancas que no pueden evocar mejor la inocencia. Y mientras mi imaginario infantil iba tomando forma, José Luis Fernández “Pirri” vivía una doble vida a este y al otro lado del celuloide donde, sin embargo, siempre era el mismo: una quinqui-star.

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MALOTES. Cuánto daño ha hecho el mito del malote. Entre esas piernas fibradas, se encierran siglos de anhelo de transgresión y dominación masculina. El quinqui evoca el macho que revierte el orden establecido, en una fuga de la realidad, abocada al fracaso. ¿Qué nos atrae más: la capacidad de subversión o el destino fatal? (Quizás lo último: ¿quién no aspira a un final redondo, aunque sea trágico?) En cuanto a las quinquis femeninas, sorprenden por su ausencia, derivadas siempre hacia la víctima lírica, como esa Maribel Verdú muerta de sobredosis y mirando al mar en “27 horas”. La femme fatale encontraría sólo sus primeros atisbos en la magnética y juvenil Cristina Marcos de “Maravillas”.

NIÑOS. Ahora que el quinqui se ha convertido en icono aspiracional, en carne de portada, bajo la apariencia de músicos, artistas o modernos de todo pelaje, resulta curioso ver esas fotos de El Vaquilla, El Pirri o El Torete. Si entonces el quinqui era un objeto de culto, ahora es un objeto de consumo, convenientemente vestido de Slimane. En las salas donde se evoca el sexo o las drogas, el CCCB hace un guiño más a la nostalgia y pone dos rombos en la puerta. En ese pequeño icono, se condensa una sociedad en plena gestación, aprendiendo a poner límites e idolatrando, en simetría confusa, a los que aun luchaban por escaparse de ellos.

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