SOY UNA REINA

CORONA.En el fondo de mi corazón, soy una reina” declara Sergio García mientras es coronado reina de la graduación en el instituto Fairfax High de Los Ángeles. Vestido con impecable traje de chaqueta y pajarita, se deja abrazar por sus fervientes admiradoras, quienes al colocarle la tiara llevan más allá la profunda carga icónica de este rito de paso del High School.

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ESPEJO. Algunas de las declaraciones de la reina evocan ese mundo místico y competitivo del imaginario norteamericano: las vicisitudes de la “candidatura” o lo que según él ya no es un “concurso de popularidad”. Si ser adolescente siempre fue un trance duro y farragoso, tengo la sospecha de que serlo en Los Ángeles debe de serlo aun más. Vivir en una ciudad en la que todos los camareros son actores y donde las aspiraciones se venden al peso, debe de ser como reflejarse en un espejo de feria que siempre te devuelve una imagen distorsionada de lo que crees que eres. Una ciudad adolescente per se donde lo mejor está por venir, como diría Frank.

GUERRA. En este entorno hostil de hormonas y acné, Sergio García presenta su candidatura, porque decide que él también tiene derecho a competir con jovencitas rubicundas y bien formadas, que aspiran a ser damas de Beverly Hills. Hay un valor típicamente norteamericano en esta gesta y es el derecho a ganar. Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, etc. y donde sólo hace falta tener una idea y un coche para hacer realidad un sueño. Personalmente, apoyo ese deseo rabioso de la reina García de arrebatar la corona a chicas moldeadas a golpe de telefilm. Y es que aunque algunas voces denuncien la injusticia de que un joven gay hispano compita contra muchachas sin adjetivos, esto es la guerra del marketing y cada cual busca sus armas.

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MÁSCARA. Hablando de marketing, en una foto de promoción, Sergio García posa en actitud de diva dramática coronado por su tiara reluciente. Hay algo en esta imagen que me recuerda a las fotografías de Man Ray, donde sus míticas modelos reflejan su rostro en máscaras africanas. Si en ese juego de reflejos, las mujeres de Ray evocan su naturaleza oscura y primitiva, en esa pose teatral García evoca justo lo contrario: su condición más superficial, la de estrella mediática, que ofrece al mundo al módico precio de una rápida ojeada de periódico. ¿Digeriremos a Sergio con la delectación de usuarios ávidos de noticias o sentará un precedente histórico? Afortunadamente, no lo decidiremos nosotros si no la wikipedia.

BAILE. Independientemente de que esta victoria nos hable de marketing y/o de tolerancia -ambas cosas deben formar parte de la vida: una es irremediable, la otra es imprescindible-, daría algo por ver ese baile de graduación en el que dos apuestos muchachos bailan al son de una balada clásica. Viendo el contoneo sibilino de la reina y su aire andrógino, como una Jean Seberg que se pasó al lado oscuro (de la fama mediática), estoy segura de que el vals debió de ser antológico.

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