RUBIO CENIZA, VIOLÍN SENSUAL

Descubro en el blog Lenscratch un ejercicio curioso realizado por la fotógrafa Jane S. Noel. Indignada ante la exclamación “¡Mira por dónde vas, abuela!”, en alusión a su pelo blanco, y cuando estaba a punto de cruzar la calle, Noel decide llevar a cabo una encuesta para ver cómo impacta el color del pelo en la percepción que los demás tienen de ella.

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Esto me hace pensar en algo en lo que me he fijado últimamente y es cómo algunas mujeres van mutando en rubias a lo largo de los años. Como una misión inalterable y con un coraje violento ante la aparición de las primeras canas, doman su cabello, originalmente oscuro y lo vuelven rubio a golpe de mechas, reflejos o tinte radical. De pronto, un día, alguien en el trabajo habla de ellas diciendo: “Sí, esa mujer rubia.” Este cambio capilar suele ir aparejado con la aparición de alguna joya brillante, señal de poderío emocional y solidez. Otras mujeres, por contra, deciden pasar de castañas a caobas, que en la cadena evolutiva moderna, indica una tendencia a la rebeldía. Curioso bipartidismo cromático, que excluye a las mujeres que dejan sus canas al aire como la excepción estadística de las incatalogables.

Nadie está a salvo de querer ser otra persona y yo desde luego no tiraré la primera piedra. El día en que me lance a la piscina de la decoloración, creo que elegiré el rubio platino, que siempre fue el color del glamour más divino o la vulgaridad más extrema. Dos (identidades) al precio de una, ¿qué más se puede pedir?

jeanharlow

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