PRINCIPIO Y FIN: AMERICANOS EN PARÍS.

Gracias a una extraña pero terriblemente seductora oferta (dos DVDs y una guía turística a precio de derribo), adquiero la que fue una de las películas que más marcaron mi infancia: “Un americano en París“.  En el arranque de este maravilloso musical,  un arrebatador Gene Kelly en pijama reinventa su habitación cada mañana. Con gestos elásticos y elegantes, construye en escasos metros cuadrados un hogar bohemio, que lo mismo sirve de dormitorio que de taller de pintura. Esos músculos fibrosos que se adivinan bajo el pijama, esa armonía en el más leve de los movimientos, despertaron mi imaginación infantil y mi amor absoluto hacia el musical.

Viendo la película, me viene a la mente otra declaración de amor hacia París, que me estremeció en casi cada uno de sus retazos: “Paris je t’aime“. Reconozco que ver a mitos del cine como Ben Gazzara y Geena Rowlands desplegando toda su sabiduría me conmueve de forma violenta, o que ese romance incipiente de Gus Van Sant desata mi fantasía, pero haciendo honor al apartado que nos ocupa, le daremos protagonismo al corto que cierra el film. En “14eme arrondissement“, Alexander Payne borda un retrato sencillo en el que una mujer norteamericana se enamora de París. Y mientras come un sandwich en el parque, experimenta esa sensación que es al mismo tiempo alegría y tristeza, una especie de nostalgia de lo que nunca ocurrió.

En fin, si no habéis visto alguna de estas dos perlas, no dudéis en correr a vuestro videoclub más cercano y regalaos una velada parisina. Para mí, siempre son un buen principio o un buen final.

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