LAS MÁSCARAS DEL LUCHADOR

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La lucha libre está de moda. Según el blog Dark Planneur, la prueba irrefutable es que D-Squared2 la han incorporado a su iconografía del lujo, en los cuerpos relucientes de Linda Evangelista y Naomi Campbell. Si las diosas de la moda se tiran al suelo y entrelazan sus elegantes miembros para vender ropa, será verdad. Más allá de las páginas del Vogue, Mickey Rourke resucita en nuestras pantallas para redimirse de la mano de Darren Aronofsky. Enfundado en un cuerpo neumático, Rourke nos introduce en el universo de las tortas y los anabolizantes, donde la alegría extrema de una masa rugiente de seguidores se enfrenta al dolor individual de un cuerpo sufriendo.

¿Qué hay en la lucha libre que tanto nos fascina? ¿Qué evocan esos hombres sin rostro, ocultos bajo máscaras, desplomándose sobre la lona?

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Si buscamos referentes clásicos de la lucha, una de las primeras imágenes que nos viene a la mente es sin duda la de los enmascarados mexicanos. Venerados en su país como auténticos ídolos, Santo y Blue Demon pueden considerarse los padres de una escuela estética, donde el músculo curtido se alía al brillo circense siguiendo el canon del exceso. En películas como “Santo y Blue Demon contra Drácula y el Hombre Lobo“, “Santo y Blue Demon contra los monstruos” o “Las momias de Guanajuato”, el mamporro triunfa sobre nuestros temores infantiles. Y es que hay algo de victoria sobre el miedo en la lucha libre. ¿Qué impulsa a pegar a alguien, si no el miedo? En ese puñetazo, se condensa el terror al ataque del otro. Ese puñetazo es una respuesta anticipada a algo que no ha ocurrido.

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Otro experto de la lucha fue sin duda Francis Bacon, el descuartizador de la angustia. Fascinado por las secuencias fotográficas de Eadweard Muybridge, Bacon se esmeraba en condensar en una única imagen el combate de los atletas, que el fotógrafo había ido desmembrando. En el epicentro del choque, los cuerpos de Bacon acaban fundidos en un único ente, que se revuelca y lucha contra sí mismo. Es difícil distinguir el amor de la violencia en sus cuadros. Probablemente están hechos de una misma materia, algo así como la voluntad de trascender los límites del otro. Ver hasta dónde llegan nuestras manos, separadas –trágicamente- del mundo por la piel.

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Pero volvamos a Blue Demon, porque más allá del miedo, del dolor y el espectáculo, los enmascarados mexicanos esconden otra clave. El rostro secreto. Los rasgos que desaparecen bajo una máscara casi abstracta. Como cualquier otro héroe de cómic, el luchador anula su identidad humana, porque está más allá de nosotros, pero podría al mismo tiempo ser cualquiera. En ese anonimato milagroso se abre un sinfín de posibilidades, que nos fascinan porque la máscara es sinónimo de libertad y poder. Al borrar su rostro, el luchador le otorga la supremacía al cuerpo, liberado por fin de la racionalidad.

La lucha libre es un cóctel de dolor, espectáculo e independencia, una mezcla poderosa como un trago de tequila, que se escurre por nuestras gargantas haciéndonos sentir cada centímetro de piel. Enfundados en mallas imposibles, rozando la comicidad, los luchadores nos hablan de las pulsiones más básicas y sacian nuestros instintos primitivos. Nada nuevo bajo el sol: desde los gladiadores romanos hasta el reality más escabroso, somos el voyeur que ansía tocar la vida sin acercarse a ella y que levanta el pulgar cada vez que escucha el sonido de un cuerpo retumbando sobre la lona.

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