SANTAS O MALDITAS

¿Puede considerarse Catwoman la única superheroína que ha triunfado en el mundo del celuloide? ¿Qué tiene la heroicidad femenina que rara vez despierta el fervor popular? Desde el intento fallido de lanzar una neutra Supergirl (gracias Misternny, for inspiration), hasta los destellos corales y más o menos decorativos en X-Men o Los 4 Fantásticos, la mujer no encuentra un podio digno en el firmamento del cómic reconvertido a cine. Curiosamente, sólo un personaje eminentemente oscuro (aunque qué superhéroe que se precie no lo es hoy en día), de alta carga sexual y dudosa moralidad, ha logrado cierto hueco en el panteón de los superhéroes popcorn.

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Catwoman nace como ladrona y oponente de Batman pero progresivamente irá dejando de lado ese rol para convertirse en alter-ego, en reverso tenebroso, de Bruce Wayne. No en vano su uniforme es una estilizada y convenientemente desgarrada réplica del de aquel. Enfundada en su brillante mono de látex, la gata evoca los símbolos de dominación (látigo, botas puntiagudas) y tras su antifaz condensa la atracción por lo prohibido. La mujer que pone en duda la integridad y la identidad del macho, que teme rendirse ante el suave ronroneo de la hembra. Convertida en icono de sex-shop, el mito de Catwoman se asocia a características huidizas: independencia, egoísmo, capricho, crueldad.

El lengüetazo gatuno sella la herida de una mujer medio niña que tan pronto se frota contra tu pierna como te arrea un zarpazo. Y es que el “lo-quiero-ahora” de nuestra dominatrix es puro lenguaje infantil. Ese escapar a cualquier forma control es lo que coloca al personaje en una tenue frontera entre la super-heroicidad y la super-fechoría. El control, sin duda, es la sublimación de las reglas y Catwoman no sólo no se somete a él, si no que lo ejerce impunemente.

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Si el superhéroe clásico es el emblema de una moralidad férrea, de unas capacidades superiores y una resistencia ajena a los límites, probablemente la superheroína debiera encarnarse bajo el aura impoluta de una virgen. Cuando Superman se pone un slip rojo para salvar el mundo, cuando Batman salta a su batmóvil para combatir la injusticia en Gotham City, ¿no cumplen la misma misión que la que la Virgen nos ofrece al tendernos su mano redentora? En esa bondad radical y sin mácula, en esa pureza que no es de este mundo, están los átomos de la heroicidad. Aunque una virgen nunca sería protagonista de un cómic (los hábitos son demasiado amplios) es probable que esta sea la imagen de perfección subyacente más próxima a lo que se demanda de un prohombre (o prohembra).

Pero volvamos a Catwoman y a la galería de villanas que el cómic le ha regalado al celuloide. Una sucesión de trajes brillantes, curvas sinuosas, caídas de pestañas con la violencia de un latigazo en el suelo. ¿Por qué nos gustan tanto? Cualquier sistema cerrado en sí mismo, perfecto, como una buena sinfonía o una ecuación resuelta, nos inunda con una dulce sensación de armonía. En la hiedra sutil y simbólica de Poison Ivy, en la piel escurridiza de Mystica o en las uñas infinitas de Dama Mortal, se encierra la perfección de un código de símbolos que apacigua nuestra sed icónica. El dibujo efímero –sólo algunos minutos de metraje- de estas mujeres se desliza por nuestro cerebro como un cóctel de misterio, lleno de promesas. El deseo, la incertidumbre, los instintos de dominación y de sumisión, son aromas demasiado etéreos como para aguantar hora y media de película.

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Quizás por eso, porque la superheroína virginal no saltará a las pantallas de los multisala, seguimos anclados en esas mujeres malignas y anecdóticas que nos cautivan con su atrezzo para la posteridad. La mujer oscura que Camille Paglia asociaba al terrorífico origen de la vida, al incierto y palpitante sexo, llegó del cómic hasta el cine para convertirse en secundaria de lujo en nuestro subconsciente.

Quisiera finalizar esta pequeña crónica con la que probablemente es una de mis damas del celuloide animado favoritas, puro diseño minimalista, pura maldad elegante, con sus cuernos diabólicos y su aire a lo Coco Chanel: Maléfica. (De Disney, quién lo hubiera dicho.) Como ella, todos tenemos un espejo en el que buscarnos y reconocer nuestros ahelos… ¿Cuál es el tuyo?

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