MARCA DE AUTENTICIDAD

La autenticidad es un valor esquivo que numerosas marcas lucen como bandera en sus anuncios. Ofrecida como prueba de identidad inequívoca, lo auténtico se vende solo. ¿Quién no desea poseer algo único que no necesite defensa? Cuando tantas marcas se hacen dueñas de la misma etiqueta, la prueba del algodón empieza a recaer no en el producto en sí, si no en sus usuarios. Ellos, anónimos, libres, demostrarán cuál es la (auténtica) sabia elección.

Burger King, en una reciente campaña viral, se lanza a atravesar fronteras para hallar consumidores vírgenes, quienes desde su absoluta inocencia mercantil, ratificarán la calidad superior del Whopper sobre el Big Mac. Esos consumidores puros, no-consumidores, son el eslabón perdido entre la ingesta de alimento por necesidad y la compra de hamburguesas como signo de pertenencia a un life-style. Volviendo a las bases del producto (el sabor), Burger King pretende demostrar que con sujetos ajenos a cualquier presión mercadotécnica, el Whopper gana. ¿Por qué recurrir a habitantes de un pueblo perdido en Transilvania o de una pequeña comunidad inuit? ¿Acaso no valemos tú o yo para certificar el sabor de una hamburguesa? Tú o yo estamos corrompidos por la publicidad y confundidos por el ruido televisivo, nuestras papilas gustativas hace tiempo que perdieron la virginidad. Lo puro, lo original, es el único referente.

En un mercado de masas donde todo está repetido, el modelo inicial, el patrón único, es el colmo de nuestras aspiraciones. La autenticidad cobra más valor cuanto más repetidos nos sentimos en las estanterías del supermercado.

Otra forma de desprecio hacia el hombre corriente que puebla los centros comerciales y alimenta los rankings de shares, reside en el anonimato. Un anonimato elegido, activo, renacido a la lumbre de la sociedad de la información. El anónimo que no es invisible porque nadie lo ve si no porque no quiere que nadie lo vea.

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Instalación de Olafur Eliasson.

En unas recientes jornadas en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, un grupo de artistas, filósofos y antropólogos debatieron sobre el rol del anonimato en la era de la sobre-información. Frente a los poderes nebulosos que nos comprimen en bases de datos como simples perfiles socio-demográficos (para captar votos, recaudar impuestos, vender productos…), disolver la propia identidad se convierte en una forma de huída. Así, múltiples “movimientos de lo social” se basan en colectividades carentes de sujeto, que despliegan una idea que fluye, sola y libre, a través del entramado cotidiano. El ubicuo “pásalo” nacido tras el 11-M, el popular “no tendrás una casa en la puta vida”, el inspirador “Luther Blisset”, pseudónimo bajo el cual se agrupan múltiples artistas, son ejemplos del poder de una idea huérfana de padres concretos pero al mismo tiempo, hija de todos.

En ese anonimato elegido y de protesta, rechazamos ser una pura estadística. En esa publicidad antropológica de Burger King, adoramos a los Virginwhoppers. El simple y clásico consumidor, aun siendo la presa última, pierde encanto para todos. El simple y clásico consumidor no es puro. Ni tú ni yo queremos serlo. El alter-mundismo y la publicidad no-convencional van de la mano y esa pareja romántica nos hará seguir deseando ser algo distinto. Sólo productos verdaderamente auténticos nos harán sentir un poco más auténticos en nuestra piel.

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