CAZADORES, VÍCTIMAS, TROFEOS

DESPLOME. Según un artículo del New York Post, la lívido de los ejecutivos de la Gran Manzana ha caído a la misma velocidad que el valor de las acciones. En un alarde de poesía, el periodista titula su crónica: “Economía mustia”. Agobiados ante la amenaza del despido, los ecos de la crisis, el halo de la incertidumbre al fin y al cabo, vuelven a casa abatidos, sintiéndose incapaces de rendir más cuentas que las que ya defendieron en sus maltrechos balances. Si en tiempos de guerra, el hálito vital despierta el apetito de reproducción, en tiempos de crisis, la redención de nuestros pecados capitalistas pasa por el arrepentimiento.

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POTENCIA. Mientras se hunde la vida sexual de los brokers, una nueva era alegra las páginas de otras revistas. Con las fotografías de Rafa Nadal en el New York Magazine este verano, dimos por bendecido el estatus del hombre como objeto sexual. Acostumbrados como estamos a que ellas luzcan piel y postura, el destape del tenista copó páginas en la prensa patria. El debate espontáneo sobre la apostura de Federer versus el sex-appeal garajero de Nadal puso sobre la mesa el cuerpo del hombre como el trofeo tras años de feminismo. Ecce homo.

OBJETO. Esa objetivación masculina se ha convertido en moneda bastante corriente en la publicidad de nuestros dominicales. Dolce & Gabbana es el claro adalid de esta causa y nutriéndose de la cantera italiana, nos ofrece futbolistas relucientes en gimnasios de barrio. Esta exposición del cuerpo masculino tiene el regusto de la estética clásica homosexual, donde el músculo en estado puro es clave. Si el hombre fue el primero en mirar, ahora la mujer hereda sus códigos de observación y donde él buscaba la redondez de la curva o el pecho, ella busca, imitando el patrón, la solidez de un pectoral imbatible.

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SUJETO. El hombre neoyorquino debe hacer frente a las exigencias del mercado: tanto en las oficinas impolutas de la burbuja financiera, como entre las cuatro paredes de su dormitorio. Convertido en objeto del deseo, sujeto a las demandas de una hembra que puede exigir, se angustia ante la perspectiva de no ser lo que debería. El hombre heterosexual, metrosexual, ubersexual recibe apelativos ligados a su hombría y reflejado en el brillo musculoso de los deportistas reconstruye una imagen nueva, donde nada está dado. El hombre neoyorquino es un símbolo de nuestras aspiraciones y en su drama bursátil, acentúa las preguntas sobre la identidad masculina.

TORO. En un fantástico post escrito por Muack en Flylosophy, sobre la quiebra de Lehman Brothers, el cotizadísimo Damien Hirst y mucho más, leo una frase rotunda, sobre cómo en los 80, “los enormes testículos dorados de The Charging Bull se convirtieron en el centro de gravedad del capitalismo mundial”. Esa estatua-toro, símbolo de la potencia capitalista norteamericana, es ahora víctima de la ironía del destino y como el estresado ejecutivo neoyorquino, busca su identidad entre la bruma de la confusión.

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