INSTRUCCIONES PARA USAR EL CRUCIFIJO

DEBATE.  El juzgado nº 2 del Contencioso Administrativo de Valladolid ha obligado al colegio público Macías Picavea a retirar los crucifijos de sus aulas. Esta decisión ha generado un nutrido debate en el que una de las posturas más en voga era quitarle hierro a la polémica y declararse indiferente. Siguiendo esta moda discursiva, no entraremos en el debate legal y mucho menos en el moral (¡Dios nos libre!). Pero sí haremos algún apunte marketiniano, que por algo tenemos debilidad por los bienes de consumo…

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DEFINICIÓN. ¿Es el crucifijo un bien de consumo?  Según la enciclopedia Encarta, los bienes de consumo son aquellos destinados al consumo de las personas y a diferencia de los bienes intermedios, que se integran en el proceso de producción para dar lugar a un bien final, nos llegan acabados, aptos para la ingesta. ¿Consumimos el crucifijo o el crucifijo nos consume a nosotros, como diría Cortázar, al hilo de su maravilloso Instrucciones para dar cuerda al reloj?  Durante siglos, el crucifijo nos ha consumido a nosotros y convertido en bien intermedio, se mezclaba con nuestros miedos y anhelos para generar un creyente final, listo para entrar en el cielo (infierno) de la fe. Parece difícil, no obstante, que semejante transmigración se produzca hoy en día de la mano de un simple crucifijo, abrumados como estamos por la guerra de los símbolos que se lucha en los escaparates.

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NEGOCIO. Curioseando en busca de crucifijos a buen precio, encuentro la web de una tienda histórica de Madrid especializada en artículos religiosos. Santarrufina ofrece glamour eclesiástico, entre capas de terciopelo y brillos de metal. ¿Qué nos vende Santarrufina? Parafernalia, que es lo que necesita cualquier marca para existir. Cuando el juzgado nº 2 de Valladolid decide erradicar el crucifijo del colegio Macías Picavea reduce los GRPs de la Iglesia. Esta redecoración a la Ikea, en un brochazo de laicismo superficial, subraya el cambio que, ineludiblemente, ha de venir. Quizás exentos de sus herramientas tradicionales (crucifijos, rosarios, estampas…), de los que otros iconos del pop ya se adueñaron, la Iglesia debería recolocar su visibilidad allí donde se encuentra su target: consultas terapéuticas, centros de espiritualidad new-age… Malos tiempos para la publicidad convencional.

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PLAN. Es bien sabido que la Iglesia ha sido durante siglos uno de los mayores expertos en Marketing. Ha dominado como nadie los entresijos de la comunicación, la expansión comercial, el saber estimular un motor de compra fundamental como es el miedo. Relegado al debate decorativo sobre los símbolos en un colegio público, nos quedamos con sensación de plan poco ambicioso, de recorte de prespuesto. La fe es innata al ser humano pero la Iglesia ya no tiene el monopolio y desde luego sus herramientas de marketing parecen algo desfasadas.

ARMA. Los crucifijos vienen cargados de significado y esa munición es la que alimenta nuestro hambre de respuestas. Pero como cualquier bien de consumo, obedece a la ley del renovarse o morir. La religión nunca será libre. Ahí radica su potencial de negocio. Cuando nos regalan un reloj, decía Cortázar, nos regalan el miedo a perderlo. Ahí la Iglesia tiene ventaja: el paraíso siempre estuvo perdido.

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