TV BABIES

CRUCE. Hace algunos días, un canal local emitió “Instinto Básico”. Ver las imágenes de ese extraño galán que siempre fue Michael Douglas junto a la incipiente sex-symbol, Sharon Stone, nos despierta la sonrisa cómplice que le pondríamos a nuestro hermano menor, travieso aunque inocente, y que en realidad somos nosotros mismos hace unos años. Aquel cruce de piernas mitológico que nos abrió la puerta al sexo femenino en celuloide (el origen del mundo resultó ser rubio y gélido) marcó un antes y un después.

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TRIÁNGULO. Curioseo en la página web de Aven, Asexual Visibility and Education Network, la organización estadounidense que  aboga por la inserción social de los asexuales y que se afana en explicar cómo la asexualidad no es una elección, como el celibato, si no una forma de orientación sexual. Orientación hacia ningún sitio, entropía. Si aceptamos, aunque con cierta sorna, a los adictos al sexo, siempre dominados por el ansia insaciable y poco elegante de copular, ¿por qué no acogeríamos en nuestro seno la discreción asexual? Ese amor libre de sudorosos encuentros, de fluídos incómodos. Ironías del diseño, el logo de Aven es un triángulo invertido que nos recuerda curiosamente a un clásico símbolo homosexual.

ENERGÍA. Expuestos como estamos al bombardeo de imágenes de sexo en todo lo que nos rodea, me solidarizo con los asexuales en ese vehemente rechazo al imperio (mediático) de los sentidos. Su rebeldía frente a los medios de comunicación es cuando menos loable. Si la publicidad está destinada a combatir las frágiles defensas de nuestra voluntad, los soldados asexuales me merecen, por su entereza, todo el respeto. La sublimación, además, es una fuente de creación artística y quién sabe, si en un futuro, hasta podría llegar a ser una nueva energía renovable.

TELEFILME. Como decía Bob, el personaje encarnado por Matt Dillon en “Drugstore Cowboy”, los jóvenes aprenden a follar en la televisión. Probablemente yo pertenezco también a esa TV-baby-generation y tengo que confesar, con cierta pena romántica, mi decepción por haberme enfrentado a mi primera experiencia sexual sin la candidez del desconocimiento. Cuando un telefilme a media tarde te explica la importancia de los prolegómenos, la diversidad de posturas y la intensidad incluso de un gemido, es que no hay esperanza, en el fondo, para la carne.

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PARAÍSO. Entre el polvo clásico de un “Instinto Básico”, que funciona con la eficacia de una receta de cocina (unos gramos de labios mordiéndose, un puñado de gritos extasiados, una pizca de lametón al gusto) y la mirada cristalina e impoluta de los defensores asexuales, veo en realidad poca diferencia. La misma incapacidad para tocar con nuestras propias manos la cruda realidad del sexo: el abandono, la inconsciencia, la inexistencia modelos preconcebidos. Ese paraíso miltoniano, en fin, al que la televisión nos negó el acceso.

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