UNA HISTORIA PECTORAL: AÑOS 90. PAMELA ANDERSON Y EL VACÍO EXISTENCIAL.

Una suculenta Cindy Crawford inaugura la década de los 90 abrazando sus pechos perfectos en una bañera vaporosa. De la mano de George Michael y su himno a la libertad, asistimos al nacimiento de Venus, multiplicada por distintos colores de piel y un abanico de rasgos a cual más exótico. El olimpo de las top-models marca el comienzo de una nueva época y nos entrega la ofrenda de la perfección al borde de un escote de nuevo carnoso y lleno de promesas.

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El exceso de los 80, su loa salvaje a la agresividad, se esfuman en un nuevo minimalismo que impone a la mujer armada de los 80, un look depurado. Calvin Klein nos desnuda con aguja y dedal y cobra a precio de oro el metro cuadrado de tela. La década, ay, amanece desvalida y es que el mundo como siempre lo conocimos se esfuma también en nuestros telediarios. Con el colapso de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría, declaramos vencedor al capitalismo en el asalto por nuestros sueños. La miríada de países que explota tras la disolución de la antigua URSS siembra el germen del conflicto en Europa del Este. Pero Occidente, que salvó nuestras almas del enemigo comunista, es incapaz de salvarse a sí mismo y una tarde lluviosa de domingo nace el Grunge en la mente atormentada de un heredero del No-Future.

Los 90 serán una década de contrastes y frente al nihilismo baudelairiano de un Kurt Cobain que se resiste a la voracidad de la fama (sin dejar por ello de alimentar a una afortunada discográfica), la televisión recompensa nuestra lealtad con la serie más vista a lo largo de la Historia Catódica. “Los Vigilantes de la Playa” aparece en nuestras pantallas como el rayo divino destinado a abrasar nuestros cerebros con dosis ilimitadas de hormonas. Las tetas superlativas, inabarcables, esferas perfectas, de Pamela Anderson se resisten a la ley de la gravedad, defendiendo el credo optimista de un siglo que ha luchado mucho para llegar a instaurar un modo de vida rentable y estético. El manifiesto filosófico de “Los Vigilantes de la Playa” abraza la fe del éxito y nos salva de las preguntas indebidas de los de Seattle. Ya se sabe que el bienestar genera muchos brotes depresivos. Sólo la silicona llenará nuestro vacío existencial.

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El lanzamiento del Viagra será un paradigma de esta época a caballo entre el hastío fin-de-siècle y el aroma del triunfo que se respira en discotecas limpísimas como gimnasios y en gimnasios modernísimos como discotecas. John John muere en un accidente aéreo, sacrificándose para cumplir la leyenda patriótica y todo parece seguir su curso natural, pero unas tristes reses se desploman de golpe en Gran Bretaña y el mal de las vacas locas irrumpe en nuestras vidas sembrando el pánico. Nace el terror a gran escala: el virus del ébola, el ataque con gas sarín en el metro de Tokio o el arresto de Unabomber, abren la caja de Pandora y globalizan el miedo.

Pero estamos de enhorabuena porque la frivolidad se encarga de paliar nuestra inquietud. Recuperamos el brío pectoral con momentos icónicos como el strip-tease de una operadísima Demi Moore; o la declaración de principios de Eva Erzigova rogando, con picardía, que la miremos a los ojos. Gracias al Wonderbra, el pecho recupera el lugar estelar que le fue arrebatado por décadas exploradoras de liberación femenina.  Y es que la mujer ha renacido de las cenizas de la autorreflexión y después de mudar varias pieles, vuelve a sus orígenes: será de nuevo una hembra fértil.  Se cierra el ciclo y en estos pechos plenos de los 90 reencontramos la feminidad extrema de los 50, dispuesta a aliviar la ansiedad masculina recreando la ilusión del rol perdido.

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No es casualidad que asistamos maravillados al imperio de las top-models. En un curioso golpe de estado, Claudia Schiffer, Christy Turlington, Cindy Crawford, Linda Evangelista y Naomi Campbell se autoproclaman diosas de la moda y deciden no levantarse de la cama por menos de 10.000 dólares. Después de la masculinización de los 80, con sus tetas atléticas y amenazantes, entramos en la década de la redondez esculpida a golpe de genes o bisturí. Las top 5 ganan la batalla al poder machista, convirtiéndose en la mujer perfecta que siempre les exigieron ser. Sus pechos exactos dictan el curso de la historia y la forma de nuestras aspiraciones. Sólo siendo lo que siempre debió ser, la mujer consigue alcanzar el apogeo de su poderío. Paradójica victoria.

Por último, no queremos olvidarnos en esta pequeña reseña de un triste icono de nuestra evolución pectoral a lo largo de más de 3 décadas, la Princesa Diana de Gales, que muere en un trágico accidente, justo y casualmente, cuando decide tomar las riendas de su propio futuro enarbolando el divorcio como la llave para su libertad.

Pero abracemos la fe optimista de Pamela y disfrutemos de la década bipolar. Nuestro anfitrión, George Michael, con su esmerada barba de tres días y el grado justo de transgresión en forma de pendiente-crucifijo, moverá nuestros esqueletos como inocentes sonajeros. Alabemos pues a las reinas de la pasarela y gritemos al unísono: “¡La perfección nos hará libres!”

Freedom 90

Hasta el próximo capítulo de UNA HISTORIA PECTORAL.

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