PRINCIPIO Y FIN. BARTON FINK.

El final de “Barton Fink” es una de esas cumbres del cine en la cual, unos hermanos Cohen en estado de gracia relatan, con precisión diabólica, la pesadilla de un artista intelectual enfrentado a su falta de inspiración. Evocando la aventura de esos escritores que se rindieron al sex-appeal californiano para domar su talento y ponerlo al servicio del celuloide -Faulkner, Fitzgerald…-, los Cohen construyen un poema en torno a la necesidad y la obligación de crear. El don y el látigo, como decía Truman Capote. Seducidos por las musas del cine, muchos escritores vieron en Hollywood un edén en el que el talento creador era el petróleo que movía la maquinaria del millón de dólares y se abandonaron a su industria caníbal con dramáticas consecuencias.

En este tira y afloja entre deseo y frustración, Charlie Meadows es el hombre corriente que oculta tras su bonhomía al psícopata más peligroso, Karl Mundt. Ese hombre vulgar que Barton Fink trata de apresar en sus escritos pero al que jamás podrá dominar porque pertenece a un mundo que le es ajeno. Antológica la escena en la cual un John Goodman sublime atraviesa corriendo un pasillo en llamas, gritando a todos esos creadores pretenciosos que desconocen la profunidad del dolor y la realidad de la carne:

“Look upon me! I will show you the life of the mind!”

“¡Miradme! ¡Yo os enseñaré la vida de la mente!”

El final, técnicamente, de la película es una escena maravillosa en la cual Barton Fink – John Turturro encuentra por fin un remanso de paz en una playa idílica. Cuando está sentado en la orilla, la musa esquiva que le ha dado la espalda durante toda la película desde el cuadro colgado en su mugrienta habitación de hotel, aparece por fin. Él, ingenuo, desprotegido ante el capricho de la inspiración, le pregunta: “Are you in the pictures?”, a lo cual ella responde “Don’t be silly”.

Qué declaración de amor-odio más hermosa.

Anuncios