SEXO BRITÁNICO UN DOMINGO POR LA TARDE

En un dominical de tirada masiva, la marca británica Pomegreat publicita un nuevo zumo bajo el slogan: “Sex kittens don’t drink milk”, algo así como “Las gatitas sensuales no beben leche”. En la imagen, una mujer desnuda nos mira con ojos incitadores. A pie de página, un subtítulo: “Pomegreat. Get your juices flowing”, es decir, “Deja que tus jugos fluyan”.


Este anuncio, en el cual una mujer desnuda apoyada en una cama carnosa nos invita a morder la granadina, como una manzana bíblica que nos abrirá las puertas de un paraíso de anti-oxidantes y vitalidad, sería impensable en el sur de Europa. Sin embargo, en este dominical británico, se despliega con coqueta picardía, entre artículos de opinión y reportajes de alta política. Unas páginas más allá, se glosan las declaraciones de un actor inglés que, para más señas, ocupa la portada, travestido. David Walliams, protagonista de la serie de éxito “Little Britain” se definió, hace tiempo, como heterosexual en un 70%. No hay nada como la estadística para dotar de elegancia las declaraciones rompedoras.

La sexualidad británica –si es que se puede generalizar en semejante, ya de por sí pantanoso, terreno- es un tema que merece un momento de reflexión. Dos ejemplos cogidos al azar en un domingo cotidiano nos muestran cómo el sexo se expone de una forma abierta, que choca probablemente con la idea tradicional de la represión inglesa. De entrada, suponemos que los sensuales jugos de granadina atraerán a esos hombres ansiosos de alcanzar la vitalidad (ese elixir de juventud que los hará valedores de las caricias de la gatita), aunque por otro, pensamos que esa imagen de mujer sensual y sin complejos no generará rechazo alguno entre las amas de casa, responsables últimas de la compra del producto. ¿Se trata quizás de una idea evocadora que refleja sus más profundas aspiraciones y en la que no temen reconocerse?

En nuestros países católicos, la noción de gatita sexual como reclamo para la mujer que hace la compra no parece el mejor de los ganchos. De hecho, aunque las imágenes de mujer-objeto nos rodeen sin que haga falta ir muy lejos, mostrar de forma explícita que una hembra alcanzará el preciado botín del sexo gracias a las propiedades de la granadina difícilmente funcionaría aquí. Pienso en los anuncios protagonizados por mujeres en la publicidad patria y me viene a la mente esa Belén Rueda que gracias a Puleva se convierte en madre-super-heroína, que lo mismo acompaña a sus hijos al colegio que emprende arriesgadas misiones, o en esa Lydia Bosch, eterna vecinita, que cuida su piel para que se rellene como una vida vaciada antes de tiempo, gracias a Garnier. Mujeres luchadoras que cumplen sus roles llenas de dignidad. Frente a esta imagen, la modelo británica quiere jugar al gato y al ratón y apela a los instintos clásicos del deseo para vendernos su producto.

Quizás la división típica entre culturas protestantes y católicas haya dejado más margen a los ingleses para experimentar el sexo a su manera, centrados como estaban en alcanzar el cielo a través del trabajo. Mientras, en Italia o en España, teníamos que pagar por nuestros sentimientos pecaminosos, que eran el origen de todos los males. Cualquier religión, probablemente, se basa en algún tipo de miedo, y en nuestro caso, el catolicismo se anclaba en él y nos impidió durante bastante tiempo sentirnos gatitas juguetonas embriagadas por los fluidos de lo posible. Pero no seamos victimistas ni idolatremos el fervor hormonal que lleva a las jovenzuelas británicas a lucir sus piernas libres de medias en el frío invierno inglés. Son sencillamente, dos visiones culturales distintas que conducen a experiencias distintas, satisfactorias o no dependiendo de los casos concretos.

Todo esto me recuerda un artículo de Timothy Garton Ash en el que desmontaba la clásica identidad de férreo autocontrol de los británicos, según la cual serían seres diplomáticos por naturaleza, impasibles. Según su tesis, esta imagen no sería más que una construcción nacida con el colonialismo, que serviría como herramienta para transmitir la idea de orden absoluto, del poder inamovible encarnado en la majestuosidad intocable de la realeza británica. Sin embargo, bajo esta máscara no se ocultaría otra cosa que el salvajismo inglés, heredado de ancestros bárbaros y en constante ebullición. Una vez superado el imperialismo, esa falsa imagen ya no tendría utilidad, por lo que se abre la caja de Pandora de la que emergen los hooligans, como icono extremo de barbarie. Otra posible interpretación de por qué el sexo se expone de una forma tan clara en un dominical inglés. Después de la represión, vendrá el estallido.

En cualquier caso, yo me quedo con ganas de probar el zumo de granadina: de paladear con detenimiento ese sabor algo ácido, algo dulce y de beber el jugo que estimulará mis instintos como sólo un paraíso mental publicitario puede hacerlo. Quizás me haga sentir un poco más british en esta tarde lluviosa de domingo y me embargue la nostalgia de lo que nunca he vivido, que es sin duda la más placentera.

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